Las noticias de los últimos días consignan una ola de violencia callejera que ha provocado trágicos destrozos en varios países de Europa. Francia e Italia son dos de los países más afectados, pero el mismo problema se percibe en España, con las recientes protestas en el centro de Madrid, y en algunas ciudades británicas. ¿Qué está pasando? ¿Por qué un continente con niveles de prosperidad envidiables para el resto del mundo, y con los estados de bienestar más generosos imaginables, enfrenta esta ola de violencia callejera?
La explicación no es una sola, sino que se trata de una cadena de hechos y motivos, lo que está provocando este malestar.
La primera es un tema cultural. En buena parte de estos incidentes, ha habido un protagonismo de dos actores muy distintos, pero que desde hace tiempo parecen coordinar sus esfuerzos destructivos. Por un lado los sectores de ultra izquierda, que han encontrado en un neomarxismo berreta, y en un anticapitalismo de universitario aburrido, un ambiente donde dar aire a sus frustraciones personales. Que vienen más bien de no encontrar en el mercado de trabajo una inserción que justifique sus años invertidos en estudio de cosas, que no tienen mayor aplicación en el mundo real.
Por otro, las últimas camadas de inmigrantes africanos y de algunos países islámicos, que no consiguen adaptarse a la cultura europea, y que más bien pretenden imponer allí sus prácticas históricas.
Esta alianza tan imposible como tóxica también termina explicando a quien quiera verlo, ese otro gran fenómeno de los tiempos que corren: el auge electoral de los partidos de extrema derecha.
Es que mientras académicos y periodistas llevan años azuzando el cuco de la “ultraderecha”, como si fuera una especie de invento artificial de las redes sociales o de nichos de maldad, todo lo que está pasando pone el dedo en la llaga de la realidad social de Europa. Un continente que durante años lleva incorporando a gente que no tiene ni voluntad, ni condiciones para adaptarse a la vida en países civilizados.
Lo que parece hoy obvio, y por razones casi tan obvias ningún sociólogo, politólogo o periodista termina de explicar, es que ante esta ola agresiva y ante la pasividad del establishment político tradicional, la gente “normal” termina votando a quienes prometen devolver el orden a las calles, y el respaldo institucional a las culturas tradicionales.
Hay que entender que la vida real no es una película de Disney, y que la gente se cansa de sentirse avasallada cada día por gente que desprecia su cultura y su forma de vida, ya sea por parte de radicales de izquierda ridículos, o inmigrantes que buscan imponer sus costumbres.
Pero hay otro tema que está detrás de este descontento, que debería ser particularmente atendido por los líderes políticos de América Latina en general, pero de Uruguay en particular.
Es que los millonarios estados de bienestar europeos, han estado siempre basados en una prosperidad económica que dependía del permanente aumento demográfico. Además del subsidio estadounidense a su sistema de defensa.
A medida que ese crecimiento poblacional se ha visto frenado, lo que vemos es que el costo de estos sistemas comienza a asfixiar a esas sociedades. Mantener esos generosos sistemas de pensiones, esos millonarios esquemas de sanidad pública, y los subsidios a sistemas educativos que no tienen contacto alguno con la realidad del mercado de trabajo, obliga a cobrar impuestos altísimos, y a imponer costosas regulaciones para evitar la competencia de otros países.
Esto, lentamente, va generando una economía cada vez menos dinámica, cada vez más dependiente del apoyo estatal, y cada vez más proteccionista, simplemente para tener paz social. Todo se va volviendo como una bola de nieve, que cada vez cuesta más al contribuyente, para sostener estructuras ineficientes, y poco competitivas.
Y este problema golpea más que a nadie a los más jóvenes. Que encuentran casi imposible insertarse en el sistema, o tener los niveles de ingresos que tuvieron sus mayores. La respuesta de las autoridades es dar más subsidios, y más prebendas, pero al final del día, el panorama sólo se vuelve más complejo.
Esta es la contracara inevitable de economías dirigistas, planificadas e hiperreguladas. Que bajo la excusa de ampliar la red de contención para los más desfavorecidos, terminan siendo una pesada loza fúnebre sobre quienes quieren trabajar y prosperar libremente.
Hay que aprender la lección.