EDITORIAL
diario El País

Obediencia ciega o pensamiento crítico

The Banker declaró a Azucena Arbeleche Ministro de Finanzas del Año en las Américas. Le reconoce su lúcido manejo financiero ante la pandemia y su compromiso con la sustentabilidad como presidente del Comité de Desarrollo del FMI y el Banco Mundial.

Debemos congratularnos. Arbeleche le impuso sello personal a la misión del cargo. Ante la crisis imprevista, ha sido portadora de las tradiciones y virtudes que en 2002 inspiraron la actitud que nos salvó de caer en cesación de pagos. Entonces rechazamos el default que reclamaban el FMI y el Frente Amplio, merced a esa mezcla de sensatez, grandeza y orgullo que inspiraba la reflexión propia de Jorge Batlle con apoyo del Partido Nacional. Ahora, gracias a esas mismas virtudes y a esa misma meditación por afuera de las recetas preformadas, el gobierno del Dr. Luis Lacalle Pou construyó respuesta propia a la hecatombe sanitario-económica, gestionando limitaciones y vacunas mucho mejor que el vecindario.

Por el realce a una mujer profesional y madre de familia y por el contexto de la distinción, el Uruguay entero debería celebrarla como suya. Si la ideología de género y el feminismo flechado fueran coherentes, se regocijarían. Pero no. Callan el reconocimiento a una señora Ministra que descuella por sus frutos. Les puede mucho más su atadura ideológica con los cultores nacionales e internacionales de la obediencia ciega y los vítores regimentados. Dogma mata admiración y corta aplauso.

Otro tanto sucede con la línea de libertad responsable adoptada en las aciagas horas del 13 de marzo. La pandemia estuvo en retroceso pero no da descanso ni a la región ni al mundo. ¿Cómo debemos evaluarla? Sintiéndola como lo que es: una tragedia que hasta ayer nos había costado 6.188 vidas. Duele. Pero si nuestros tres millones y medio de habitantes hubieran sufrido la pandemia en la proporción de Chile sobre su población, nuestras víctimas serían 7.183. Y con la proporción de Paraguay, 7.929; la de Colombia, 9.050; la de Argentina, 9.057 y la de Brasil 10.205.

Si tales diferencias favorecen a Uruguay entre 16% a 64%, no puede ocultarse el mérito de habernos ahorrado la encerrona totalitaria con que el Frente Amplio quería remedar al kirchnerismo. Menos aun puede negarse que nuestro gobierno merece confianza. Pero otra vez no. Interpelan, siembran miedos, manejan cucos. La pertenencia manda. Militancia mata números.

Lo mismo ocurre con la LUC. En un año y medio de vigencia, no sucedió ninguna de las desgracias que le endilgaron. Pero todo sirve en el intento de tropear votos obturando el pensamiento.

Si la ideología de género y el feminismo flechado fueran coherentes, se regocijarían con el reconocimiento a la ministra Azucena Arbeleche. Pero no. Les puede mucho más su atadura ideológica con los cultores de la obediencia ciega y los vítores regimentados.

De eso se trata: paralizar el pensamiento, disolviendo el albedrío individual en el aturdimiento colectivo, es vieja técnica de los totalitarismos que atormentaron al siglo XX. En el mismo trillo, el populismo del siglo XXI se empeña en impedir que el ciudadano sienta, piense y sepa gritar su verdad.

Plantea un esquema donde para enfrentar a una derecha supuestamente conservadora, a la izquierda supuestamente progresista se le admite cualquier cosa. Reduciendo todo a lucha de intereses y guerra de clases, eclipsa la idealidad humanista y convierte a la vida republicana en un torneo de apetitos y una pugna por el poder que encorseta las diferencias y acalla los matices.

Ese esbozo violenta nuestra tradición institucional del Uruguay, pues ignora todo lo que aportó el pensamiento de dentro y fuera de los partidos tradicionales desde fines del siglo XIX, sentando las bases del republicanismo que floreció a partir de 1904. Oculta que fueron votos blancos y colorados los que le imprimieron al Uruguay el sello de justicia y libertad que le dio identidad por encima de intereses de clase. Calla que todos los enclaves constitucionales del patrimonio del Estado y de la legislación social fueron votados por prohombres de los partidos históricos.

Por si fuera poco, en su campaña contra la LUC silencia adrede todo lo que en dos años de dificultades ha hecho el gobierno de coalición para sostener a los más carenciados, evidenciando una vez más que la llamada izquierda no monopoliza la sensibilidad social.

Es que así como el Uruguay “jamás será el patrimonio de personas ni de familia alguna”, según manda el art. 3º de la Constitución, los sentimientos y valores de sus ciudadanos jamás se replegarán en un solo partido.

Y su ciudadanía jamás aceptará reducirse a rebaño que obedece a ciegas, porque jamás abdicará del mandamiento liberal de ensanchar la conciencia personal y pública.

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