SE cumplieron ya quince días del atentado terrorista de Londres donde, al 11-S de las Torres Gemelas de Nueva York y al 11-M de Atocha en Madrid, se agregó un 7-J en la capital británica.
Mientras muchos continúan tratando de localizar a familiares o amigos desaparecidos entonces, los atentados se reiteraron y un ultimátum de Al Qaeda amenaza con un nuevo baño de sangre en Europa, es oportuno volver sobre la tragedia recordando que el martes 28 de agosto de 1979 un diario de Londres publicaba en su primera página un artículo con el mismo título que este editorial. Había tenido lugar en Irlanda otro atentado en el que murieron Lord Mountbatten —último Virrey de la India y primer Gobernador General de la Unión India—, su mujer, su hijo, su nieto (un niño de pocos años), un yerno y los padres del yerno, que estaban a bordo de una embarcación, pescando en un lago. Varios amigos habían intentado disuadirlo para que no fuera a pasar una vacaciones en Irlanda pero él les dijo: "¿Qué pueden querer los terroristas de un viejo como yo? El IRA, que reivindicó el asesinato, respondió con lo absurdo de su muerte.
LA mañana del 7 de julio del 2005, mientras se preparaban para cumplir sus tareas habituales y se llevaba a cabo en Gleneagles, Escocia, la Cumbre de los 8, —de donde iban a surgir soluciones para los problemas del medio ambiente y se había previsto proporcionar una importante ayuda económica a los países pobres de Africa—, más de un londinense desaparecido se habrá preguntado también: "¿Qué pueden querer de nosotros los terroristas, si la Cumbre se está realizando tan lejos de aquí?"
En la imposibilidad de encontrar una respuesta lógica a esas preguntas radica otra de sus perversidades, por lo cual el lector debe tener presente que en cualquier lugar, en cualquier momento, tal vez en la esquina más próxima a donde se encuentra leyendo este editorial, una o más mentes desviadas pueden provocar un desastre similar al de Londres.
El tema, pues, no nos es ajeno. Hay que tomar conciencia de ese hecho y buscar, todos juntos, la forma para que no ocurra.
A fines del año pasado, una Comisión de 16 "Notables", convocada por el Secretario General de Naciones Unidas emitió un excelente informe sobre cómo mantener hoy la seguridad en el planeta, teniendo en cuenta las amenazas que existen. Allí se define el terrorismo, por primera vez con carácter general, diciendo que lo configura: "Cualquier acto, además de los actos ya especificados en los Convenios y Convenciones vigentes sobre determinados aspectos del terrorismo, los Convenios de Ginebra y la Resolución 1566 (2004) del Consejo de Seguridad, destinado a causar la muerte o lesiones corporales graves a un civil o a un no combatiente, cuando el propósito de dicho acto, por su naturaleza o contexto, sea intimidar a una población u obligar a un Gobierno o una Organización internacional a realizar un acto o a abstenerse de hacerlo".
En aplicación de esa definición debe considerarse que el terrorismo no nace sino que aparece, se desarrolla y explota. Por eso, tanto o más que declaraciones de solidaridad con el pueblo del Reino Unido, hay que adoptar acciones preventivas concretas para que ese flagelo, en cualquiera de sus formas, directas, o indirectas; verbales o materiales; solapadas o descubiertas; aparentemente ingenuas o agresivas; emocionalmente atrayentes o censurables, no se presente ni se insinúe. Para que no se desarrolle.
LOS uruguayos ya saben, conocen y sufrieron lo que es el terrorismo desplegado por los Tupamaros. Y por más que se hayan formulado declaraciones pacifistas, aún existen en el país corrientes violentas que siguen pensando en sembrar "miles de Vietnam" en todo el mundo; o quienes todavía se jactan de ser "especialistas" en secuestros e incluso sectores que hace poco le prometieron al boliviano Evo Morales, en una reunión que tuvo lugar en Montevideo, que iban a formar jóvenes para su Movimiento y a la Federación Campesina de Paraguay que también estaba dispuesta a ayudarlos.
Lamentablemente, no contribuyen a vislumbrar un futuro de tranquilidad otra serie de hechos aislados —¿o vinculados?—, que algunos están tolerando o fomentando en el país, como lo son la ocupación de fábricas y locales; una discutible regulación para los liceos; la impunidad con que se mueven los piqueteros; o la quema de cubiertas y el cierre de rutas o la proliferación de escraches.
EL terrorismo en un Estado de Derecho sólo se podrá neutralizar manteniendo la aplicación objetiva de la ley; respetando la independencia del Poder Judicial; sin presiones en la puerta de los Juzgados ni manifestaciones en las zonas donde viven quienes todavía no han sido juzgados; ejerciendo sí los derechos que se presuman tener para fundar un reclamo pero sin desconocer también sus obligaciones y los derechos elementales que tienen los demás; pensando que la libertad, como sigue diciendo Don Quijote, "es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre" y que la democracia y la paz conforman el único ámbito en que puede desarrollarse.
Y eso, tanto por parte del Gobierno y sus actores individuales, —pese a algunas tardías y vacilantes declaraciones— como por la mayor cantidad posible de gobernados. Hasta que ello no se logre no es ocioso repetir que, en cualquier lugar, en cualquier momento, tal vez en la esquina más próxima a donde el lector se encuentra leyendo este editorial, una o más mentes desviadas pueden provocar un desastre similar al de Londres.
De todos y cada uno depende entonces —manifestando su rechazo, aislando a los rebeldes y luchando para que no se impongan—, que nunca, nunca más, el terrorismo vuelva a desarrollarse entre nosotros.