Los intereses de los sindicatos

El conflicto en el puerto sigue dando que hablar. Ya van meses de interrupciones, las pérdidas son millonarias y los efectos a futuro pueden ser muy dañinos.

Está instalada la idea de que un paro de estas dimensiones solo le hace daño a la empresa afectada. Quizás esa forma de razonar responda a una imagen idílica de lo que es un sindicato. Es verdad, hay empresas que pueden, por pura necedad, negarse a pagar lo justo o garantizar buenas condiciones de trabajo a su personal y eso termina en una escalada de huelgas. Pero otras veces los paros simplemente responden a pretensiones desmedidas, en lugares donde las condiciones de trabajo son buenas.

Sean o no justas las razones para un conflicto sindical, rara vez la única que pierde es la empresa. Para empezar, pierde el empleado en huelga que puede sentirse obligado a seguir la corriente aunque vaya contra sus intereses.

En el caso del puerto, además de la empresa, pierde el país. Y es mucho lo que pierde. Por ser una actividad que atañe a sectores específicos y por estar concentrada en una zona de la ciudad, hay gente que no es consciente de la enorme riqueza que genera la actividad portuaria. Cree que solo vivimos del agro y de alguna industria y no tiene en cuenta que ahí en la bahía hay una formidable fuente de riqueza para el país. Por lo tanto, cada día en que el sindicato para, pierde también el país.

Es importante entender el rol de los sindicatos en la vida económica y social del país. Son necesarios para que los intereses de los asalariados sean debidamente defendidos. Su surgimiento histórico en los inicios de la revolución industrial, sirvió para frenar los abusos de los propietarios de fábricas. Desde entonces hasta hoy mucho cambió, entre otras causas por esa acción sindical.

Pero por legítimos que sean los reclamos de un sindicato, responden a sus intereses y a los de nadie más. Hay una idea romántica de que cada conflicto es para bien de todos. Y no es así. El trabajador que sale de su empresa para regresar a su casa y se encuentra que el sindicato del transporte cortó el servicio, se verá perjudicado. Podrá entender los motivos de la protesta (aunque cada vez eso ocurre menos) pero es innegable que la medida fue contra su interés. Le hizo daño.

El ejemplo del transporte es muy gráfico, pero esto pasa en todos los rubros y en especial cuando los estudiantes pierden días de clase por un paro. Los a veces legítimos (otros no tanto) intereses de un sindicato no necesariamente son los mismos que los del resto de la población. Más bien ocurre lo contrario.

Las pérdidas millonarias del puerto son pérdidas millonarias del país. Es dinero que no entra. Después, cuando hay que discutir la rendición de cuentas, esos mismos sindicatos se enojan porque no hay dinero para determinados rubros. Es obvio que no lo hay: las arcas estatales recibieron menos porque determinadas actividades estuvieron paralizadas y no se recaudó lo esperado. En el caso del puerto, estamos hablando de cifras muy altas. Y no se trata solo de dinero que el Estado no recauda sino también del dinero que circula entre comercios, restaurantes, tiendas, almacenes, la feria y el transporte. Por eso insistimos, no es solo la empresa la que pierde ante un paro. Todos perdemos,

Hace rato que mucha gente se convenció de que los paros tienen más intención política que reclamo laboral. Algunos parecen suicidas porque ponen en peligro la subsistencia misma de la empresa afectada. Otras, como la del puerto, le hacen un daño inmenso al país. De un tiempo a esta parte, los conflictos se han puesto agresivos, como si el Pit-Cnt solo quisiera más poder.

Hay algo de eso. Parecería que la central sindical quiere que el Frente Amplio esté sujeto a sus caprichos. No en vano se difundió el mote sarcástico de llamar al conjunto de la fuerza política y la sindical de “Fapit”.

¿Cómo puede un gobierno, aun simpatizando con la causa obrera, decidir con independencia, si los principales líderes sindicales dominan todo el aparato político que sostiene a ese gobierno?

El presidente del Frente Amplio pasó de la directiva de la central sindical a presidir al partido que ahora gobierna. El ministro de Trabajo fue un encumbrado sindicalista y vaya ironía, lo fue del portuario, ahora en conflicto.

Por los cargos que ocupan, es lícito preguntarse a quien son leales: ¿A su partido? ¿Al gobierno del que forman parte? ¿O al movimiento sindical en el que militaron? Si se miran los resultados, la respuesta es obvia. Además, es preocupante.

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