La política en su punto más bajo

Hay una broma de esas que proliferan en la redes sociales, un “meme”, que ilustra mejor que nadie el momento político actual en Uruguay. Es el que tiene a dos figuras vestidas como el hombre araña, acusándose mutuamente con el dedo, vaya uno a saber de que. Increíblemente, viviendo en uno de los pocos países del mundo con democracia consolidada, y con un sistema político vigente y saludable, nuestros dirigentes llevan ya semanas apuntándose con el dedo acusándose uno a otro de estar copados por el narcotráfico.

Para cualquiera que conozca un poco nomás del tema, o de como funcionan los partidos políticos en este país, la acusación se cae por su propio peso. Vivimos en un país hiperregulado en su sistema financiero, con partidos que funcionan básicamente a pulmón y con recursos públicos, y donde el control social sobre sus dirigentes es casi absoluto. Al punto que alcanza que un legislador se mude de casa o cambie el auto, para que sea la comidilla de toda la aldeana sociedad uruguaya.

Esta moda tóxica que estamos viviendo solo se explica por dos cosas. Primero por la desesperación del gobierno por levantar cabeza en momentos en que su apoyo popular está en niveles de alerta roja. Lo cual lleva a gente que sólo ha aportado toxicidad al sistema político desde que llegó al mismo como Fernando Pereira, a usar eso como arma arrojadiza a la oposición. Ahora por el tema ridículo de un edil, antes cuando acusaba sin prueba alguna de que había una “organización delictiva” en la Torre Ejecutiva en el gobierno anterior. El perro pierde el pelo, pero no las mañas.

Ante eso tenemos una oposición que ha empezado a responder con la misma moneda. Figuras como los senadores Botana o Da Silva han apuntado a elementos como la condena contra aquel militante del MPP al que le encontraron una tonelada de cocaína en su campo. O la misteriosa y sistemática rotura de los escáners del puerto en gobiernos del FA, la insólita fuga del narco Morabito, o el empeño en sacar de su cargo a la fiscal que más ha hecho para enfrentar al narcotráfico, como es Mónica Ferrero.

Hay un tercer elemento no menor. Y es una serie de académicos, periodistas y comunicadores, que se han autoerigido en expertos absolutos en narcotráfico, pese a que cada vez que hablan del tema muestran baches enormes en aspectos básicos. Y que parecen lanzados a una campaña para convencer al mundo de que Uruguay es una especie de narco estado, apenas para conseguir un par de clicks en sus notas y videos.

La realidad es obvia para cualquiera que vea el tema con un mínimo de perspectiva. En Uruguay hay un mercado interno de drogas, que mueve cifras a escala uruguaya de dinero. Y hay presencia de narcotráfico internacional que busca usarnos como puerta de salida. Pero siempre de forma subsidiaria a puertos más grandes, corruptos, y cercanos al origen de la droga.

¿Alguien cree que la DEA hubiera cerrado su oficina en Uruguay, si aquí hubiera realmente un movimiento de drogas más o menos significativo?

Pero toda esta discusión pueblerina, digna de la barra de un boliche de otros tiempos, tiene efectos concretos y dañosos sobre el país.

El primero, sobre el sistema político, y su credibilidad ante la sociedad. Ver a dos bandos políticos, cada día de la semana, atacándose e acusándose de ser testaferros de narcotraficantes, señalándose sus aldeanos escándalos de corrupción, y sacándose los ojos porque un edil honorario le pagaba 50 mil pesos nominales a un “asesor”, sólo potencia el virus deplorable de la antipolítica, que tanto viene creciendo en todo el mundo.

En algún momento alguien debería “parar la pelota”, y darse cuenta del daño generalizado que le están provocando a la democracia nacional, este tipo de estrategia partidista suicida. En la que hoy sale el señor Pereira a exigir explicaciones a un partido que tiene 190 años, porque un edil tenía vínculos con un acusado de tráfico de drogas de tercer orden. Y mañana saldrá el senador Botana a decir que el FA paró la compra de las lanchas, para dejar el mar territorial libre para los narcos.

No todo debería valer en la política. Y menos cuando lo que está jugando es el clima de respeto institucional básico, que se deben los actores democráticos en un país como Uruguay. Sobre todo, porque a cuenta de una insignificante victoria momentánea, de cuatro “likes” o dos “clicks”, lo que se está arriesgando es la imagen de todo el sistema, ante una población que está con creciente malhumor, y con tendencia a la antipolítica.

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