Hay un fenómeno tan peculiar como ridículo, que se viene propagando en los últimos tiempos, en especial en el área metropolitana. Es un discurso que apunta a que los autos privados serían el gran problema para la movilidad. Que las autoridades deberían “desestimular” el uso del auto privado. Y que quienes usan ese medio de transporte, son la quintaesencia del neoliberalismo egoísta y depredador.
Hay una forma muy especial del ver el mundo que está detrás de esta concepción perversa. Y es esa mirada socialista o neomarxista, que entiende que todas las relaciones humanas en una sociedad están marcadas por el abuso y la opresión. Entonces luce obvio para esta gente que el auto moderno, con su confort, independencia, y presencia, es el villano frente al frágil hombre de a pie.
Desde ya que todo esto es una reverenda estupidez, propia de la misma gentuza que vive obsesionada con los “ricos”, con “la desigualdad”, y con el “imperialismo”, pese a que cada día disfruta de las ventajas que genera el sistema capitalista que de alguna manera ha sido responsable del fabuloso progreso de occidente en los últimos dos siglos. Parte de la supina hipocresía a la que lamentablemente nos hemos acostumbrado de parte de gente cuyo número es inversamente proporcional a su influencia en el debate público.
Pero vayamos a los hechos. El moverse en auto privado en Uruguay es caro, y complacido. Caro porque el costo del combustible es el más alto de todo el continente, gracias al monopolio (en muchos casos sostenida por ese mismo tipo de gente) de una empresa como ANCAP, que para tapar agujeros crónicos como el del Portland, o para mantener sueldos y estabilidad a sus empleados propios del primer mundo, nos esquilma de forma inmisericorde al resto de la sociedad.
Los autos eléctricos empiezan a ser una válvula de escape a esta prisión, pero ya UTE se viene encargado de reemplazarla.
Y el auto es incómodo en la capital, porque las décadas de gobiernos frentistas no han invertido un peso en mejorar las calles, en facilitar que haya lugares de estacionamiento adecuados al parque automotor, y porque entre sus miles de empleados ociosos, no consigue destinar a un porcentaje mínimo a controlar el tránsito. Desde que las multas las ponen las cámaras, ver a un inspector de tránsito en Montevideo es más difícil que ver cisnes en el Miguelete, pese a que Mariana Arana prometió eso hace ya un par de décadas.
Entonces, si viajar en auto es caro e incómodo, ¿por qué tanta gente lo usa? Es simple. Porque el sistema de transporte público en la zona metropolitana es un desastre.
Es caro, es impuntual, es sucio, es poco confiable. Y, sobre todo, quien lo usa se somete a una cachetada de tercermundismo lamentable, con gente que manguea, músicos de ocasión, vendedores de chucherías, y todo tipo de experiencias poco edificantes para el usuario. Que, como en cada servicio hiperregulado por el estado, pone al cliente al final de toda la lista de prioridades.
La gente, por más que sus opciones electorales a veces nos haga dudar, no es idiota. Y tiene claro que si por la plata que le sale el transporte público en un plazo de tiempo, puede acceder a un coche o a una moto, se tira de cabeza a lo segundo. ¡Quién no!
Pero, además, si alguien quisiera de verdad fomentar el uso del transporte público, la primera medida a tomar es hacerlo más atractivo para el usuario. Convencer a la gente de que en la ecuación que se hace cada día a la hora de elegir el método de transporte, el sistema colectivo tiene ventajas sobre el privado.
Pero está claro que ese tipo de razonamiento es demasiado sofisticado para la barra brava anti autos que crece en los ambientes de privilegio de nuestra elite progre intelectual. Alcanza ver toda la polémica que se ha generado una vez que el gobierno decide operar sobre el sistema de transporte para mejorarlo y volverlo más competitivo. Entre el miedo atávico al cambio, la tibieza de ciertos dirigentes, la miopía demagógica de la actual intendencia de Montevideo, y algunas otras cosas menos transparentes que se comentan en voz baja, esta mega reforma terminará en un ajuste menor que no cambiará nada.
Es por ello que hay que estar particularmente atento a esta pulsión liberticida de los cruzados contra el coche privado. Porque a falta de causas más serias a las que dedicarse, parecen decididos a inyectar su veneno y resentimiento en la sociedad, para imponer al resto, sus raquíticas concepciones morales. Por más que no tengan ningún sustento. Por más que perjudiquen por encima de todo, a quienes dicen defender y representar.