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La noción de “soft power” (poder blando) aplicada a las relaciones internacionales refiere a la capacidad de un Estado para incidir en acciones o intereses de otros actores de la escena mundial.
A partir de medios culturales o ideológicos que complementan los tradicionales canales diplomáticos.
El peso específico de Uruguay en las variables clásicas del poder de los Estados es muy escaso. En efecto, no somos una potencia militar, como pueden serlo los países que poseen armas nucleares; no ocupamos un lugar preponderante en la geografía mundial, como pueden ser los casos de Yibuti, Singapur o Cuba; no tenemos una gran población, como sí es el caso de China o India; ni tampoco somos una potencia territorial -como Canadá o Rusia, por ejemplo-, o económica -como Japón o Italia.
Es cierto que a nivel de Sudamérica somos muy relevantes geopolíticamente, pero cualquiera de nuestros vecinos nos supera ampliamente en las variables de poder que se manejan clásicamente en las relaciones exteriores. Sin embargo, y a pesar de ese cúmulo de desventajas comparativas, Uruguay posee algo que es clave y que le ha permitido históricamente destacarse en la escena internacional: el poder blando de su cultura y calidad política.
En efecto, a lo largo del siglo XX nuestro país ha ganado protagonismo en foros internacionales por manejar con brío y perseverancia los principios del derecho internacional. Desde el énfasis que el mismísimo Mitterrand hacía de la calidad del derecho administrativo uruguayo, pasando por los lustros de conducción de Iglesias al frente del BID, siguiendo por el selecto lugar que incluso hoy ocupan dos uruguayos tanto en la OEA como en la Aladi, y terminando con los planteos excepcionales en materia internacional que apoyaron la formación del Estado de Israel o que generaron la doctrina americanista de Rodríguez Larreta, abundan los ejemplos que ilustran cómo en distintas épocas el Uruguay ha sabido ser apreciado por su “soft power”.
El cambio de política exterior en 2020 fue fundamental para nuestro “soft power”. De nuevo, Uruguay retomó su lugar destacado cultural y político.
Ese poder blando hace que Montevideo sea escuchado no por el temor a sus armas o por su peso demográfico, sino por la calidad de su institucionalidad, su buena argumentación y su compromiso democrático.
Infelizmente, durante los gobiernos del Frente Amplio ese “soft power” fue bastardeado y su prestigio fue puesto en peligro: los ejemplos más significativos en este sentido fueron el apoyo infame que la izquierda en el poder otorgó siempre a la dictadura de Maduro en lo regional, y el respaldo que se procuró en Medio Oriente con actores como el iraní o el árabe palestino, que contrarió la fortísima relación de amistad y cooperación que unía a Uruguay con Israel.
El cambio de política exterior en 2020 fue fundamental para nuestro “soft power”. De nuevo, Uruguay retomó su lugar destacado cultural y político. Defendió a la democracia en el seno de la Celac, por ejemplo, y por tanto llamó a las cosas por su nombre en lo que refiere a la sangrienta dictadura de Cuba. También, en la escena más global, respaldó a Israel y viene procurando abrirse al comercio mundial de bienes y servicios que es la mejor garantía contra las guerras y los intereses identitarios xenófobos.
En el mundo que se va delineando en esta tercera década del siglo XXI, las voces democráticas y solventes como la nuestra serán muy apreciadas por actores claves internacionales. No importa pues qué opinen países de la región acerca de tal o cual circunstancia mundial. Importa, por el contrario, que Uruguay sea consciente de su lugar de liderazgo regional como consecuencia de su enorme poder blando democrático, y que soberanamente fije el rumbo de los valores a ser defendidos en la región y en el mundo.
El Ejecutivo ya reconoció que su inicial abstención en la votación en la OEA sobre la invasión militar que sufriera Ucrania a manos de Rusia, fue un error de cancillería. Así pues, la tarea sustancial que queda por delante es que los distintos estamentos burocráticos que participan en diversos foros internacionales interioricen, con plena consciencia, que el tiempo en el que Uruguay renegaba de su poder blando con, por ejemplo, posiciones serviles en favor de Cuba o Venezuela, se acabó; que a partir de 2020 el país retomó su lugar preponderante y respetado en la región; y que es a partir de ese “soft power” democrático que ganaremos en protagonismo internacional.
Ahora valoramos nuestro enorme “soft power” que fue forjado por décadas de destacada política exterior y calidad democrática. Seamos conscientes de este positivo cambio para el país.