El jueves pasado, después de que el presidente estadounidense Donald Trump dijera que Venezuela “no está preparada” para elecciones y que el petróleo venezolano servirá para llenar las reservas estratégicas de Estados Unidos, el expresidente uruguayo Luis Lacalle Pou publicó un mensaje breve:
“Democracia. Instituciones funcionando. Gobernantes electos legítimamente por la ciudadanía. Soberanía. Transición real. Ni negocio ni explotación”.
El lunes siguiente, al salir de una reunión con el presidente Orsi, el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, fue consultado al respecto. Su respuesta no fue sobre el contenido. Fue sobre el reloj: “Demoró un rato largo, ¿no? Porque hace nueve meses que secuestraron un presidente”.
Vale la pena detenerse en la frase, porque dice mucho más de quien la pronuncia que de quien la recibe.
Nueve meses después de la caída de Nicolás Maduro, el presidente del partido de gobierno sigue llamándolo “presidente” y sigue llamando “secuestro” a la captura de un hombre al que la ONU atribuye crímenes de lesa humanidad, que robó una elección a la vista de todo el continente y que llenó las cárceles de su país de presos políticos y las morgues de manifestantes.
Fernando Pereira, que reprocha la demora ajena, no ha encontrado todavía el momento de decir la palabra dictador.
Lacalle Pou, en cambio, viene diciendo lo mismo desde hace años, y a quien corresponda. Dijo dictadura cuando en la región se prefería el eufemismo. Dijo fraude en 2024 y encabezó los pronunciamientos americanos que lo denunciaron. Cuestionó la intervención armada en enero, cuando cabía cuestionarla.
Y ahora, cuando Washington negocia con Delcy Rodríguez a espaldas de la oposición y habla del petróleo como de un “regalo”, le dice a Trump lo que hay que decirle.
No es una posición conveniente: es una posición coherente. Juzga los hechos con la misma vara sea quien sea el que los protagoniza.
Eso, en política exterior, se llama honestidad intelectual, y es un bien escaso.
Aquí está el nudo del asunto. Pereira no critica a Lacalle Pou a pesar de esa honestidad, sino a causa de ella.
Cada vez que el expresidente habla con coherencia sobre Venezuela, el Frente Amplio queda frente a un espejo que no le gusta.
El de un partido que durante veinte años subordinó su juicio sobre el chavismo a la afinidad ideológica, que tardó una década en admitir lo evidente y que aún hoy no puede nombrarlo sin tropezar con su propia historia.
Frente a ese reflejo, la reacción del presidente del Frente Amplio es previsible: necesita encontrarle un defecto a Lacalle Pou, cualquiera, porque si no lo tiene la comparación se vuelve insoportable.
Y como el contenido no se lo ofrece, lo busca de manera bastante mezquina en el calendario.
No es un episodio aislado; es un hábito. Durante cinco años, “tarde e insuficiente” fue la respuesta automática del Frente Amplio a cualquier medida del gobierno anterior, fuera cual fuera su mérito.
La frase era una manera de no discutir el fondo del asunto. Uno hubiera esperado que el ejercicio del gobierno curara ese reflejo, pero a un año y medio de asumir el poder, la oposición sigue siendo el género en que el Frente se siente cómodo.
El mismo lunes en que Pereira medía la demora del expresidente, la exministra María Julia Muñoz afirmaba que el gobierno de Lacalle Pou fue “el más corrupto de la historia”. Dos dirigentes, el mismo día, hablando del que se fue.
Sería interesante contar cuántas veces el oficialismo frenteamplista menciona al expresidente Lacalle Pou por cada vez que explica un resultado propio.
Nadie discute que un expresidente que opina es un actor político y, como tal, criticable. Lo que llama la atención es la desproporción y el automatismo: un mensaje de seis frases sobre Venezuela mereció del presidente del partido de gobierno una descalificación por la hora de publicación.
Ese reflejo no es fortaleza sino síntoma. Un gobierno con resultados para mostrar no necesita medir el reloj de los demás.
Y un partido en paz con su propia historia no se irrita cuando otro dice, sin rodeos, lo que él todavía no se anima a decir.
Lacalle Pou tardó cuatro días en responderle a Trump. El Frente Amplio lleva veinte años sin responderle a Venezuela.