Fue en Masoller y no olvido cuando cayó del caballo vestido color de pueblo. Después soplaron los vientos, desbandando a los lanceros....”.
Las notas de la canción 1904, cantadas por Carlos María Fossati en el mítico disco “La Gesta de Aparicio”, sonaron hasta el cansancio en Masoller el pasado fin de semana. Demostrando que los vientos habrán desbandado a los lanceros, pero que las ideas que impulsaron al caudillo nacionalista siguen tan vigentes y conectando con los sentimientos de muchos uruguayos, igual o más que entonces. ¿Cómo explicar si no, que miles y miles de personas, de forma espontánea y caótica (casi tanto como aquellas revoluciones que supo liderar Saravia) se reunieran en un remoto paraje fronterizo a homenajear a un líder tan venerado por unos como ninguneado por otros, durante 122 años?.
Es que si bien terminó derrotado en el campo de batalla, por un balazo que truncó su vida de forma tan prematura como predecible para alguien que se paseaba de poncho blanco por el frente bélico, el sacrificio de Saravia fue el catalizador que permitió que Uruguay recompusiera su entonces débil democracia. Y lo que permitió que en las negociaciones posteriores se sentaran las bases de lo que es hoy un sistema republicano, con representación proporcional, elecciones transparentes, y un ejercicio electoral que es envidia de todo el continente.
Un sistema que funcionó de manera casi perfecta (casi) hasta los años 50 y 60, cuando unos aspirantes a revolucionarios, que representaban la antítesis perfecta de todo lo que significó Saravia, hundieron al país en una crisis social y política de la que nos llevó casi 30 años recuperarnos.
Pero si Aparicio Saravia logró con su muerte una parte importante de lo que peleó en vida, otra porción significativa de su ideario quedó trunca. Y es la que a 122 años de Masoller sigue pendiente a la hora de lograr un país más justo y conectado con sus raíces más profundas.
Es que el modelo social y económico que se impuso en los años posteriores profundizó algunos de los dramas más grandes que han azotado al Uruguay.
Primero, con un sistema que desconociendo la naturaleza, idiosincracia e historia del país, intentó copiar de forma imposible un modelo cultural externo. Un modelo que nos impuso desde ridículas arquitecturas neoclásicas, a esquemas educativos afrancesados, y pretensiones europeístas que se derretían con aquello de la “Suiza de América”, y con la idea de colegiados gubernativos, tan pretenciosos como ineficientes.
Peor que eso, generó un país que económica y socialmente le dio la espalda a su principal motor e inspiración, que es el sector agropecuario y al interior del país, para privilegiar la creación de una economía industrial artificial e insostenible. Y el fardo pesado de una burocracia urbana, que vivió y sigue viviendo de espaldas a quien con su esfuerzo la ha mantenido por más de un siglo.
Algo que justamente un colorado como Pedro Figari definió mejor que nadie al hablar del “proletariado intelectual”, de jóvenes formados de manera “puramente teórica, desvinculados de la producción real y destinados a la inactividad económica o a golpear las puertas de la burocracia estatal”.
De la mano de esto vino el tercer problema, que fue la generación de un país macrocefálico que durante un siglo concentró todos sus servicios, políticas educativas, y posibilidades de desarrollo económico y personal en la costa. Dando la espalda a medio Uruguay que debe padecer el atraso, el olvido, o el desarraigo, para poder lograr insertarse en el sistema impuesto como aspiración.
De alguna forma, todo eso fue el fruto de la derrota de un Aparicio Saravia que con mentalidad preclara, en especial para un gaucho fronterizo, que compensaba su falta de roce intelectual y viajes por el mundo, con una conexión casi sobrenatural con su gente y su geografía.
La última gran batalla que debió enfrentar el legado de Saravia fue con el ninguneo de los sectores pretendidamente ilustrados. Que durante el último siglo lo han vendido en las escuelas y universidades como una especie de rémora atávica de un pasado que se negaba a desaparecer. Y que solo nos conectaba con una barbarie, que el país debía superar para insertarse en una supuesta modernidad ideal.
Que a 122 años de su muerte se lo siga recordando, y que miles de uruguayos ensalcen su figura, es la victoria final que al caudillo se le negó en Masoller. Porque como dice otra canción de aquel mítico disco, Saravia “no se fue, y nos espera, a caballo en la tranquera”.