Con el paso de los meses va conformándose una especie de tormenta perfecta para los partidos de oposición en torno a una actitud política autocomplaciente y confiada, tan extendida como peligrosa. Están jugando con fuego.
Es verdad que se acumulan señales claras de desgaste del oficialismo. En primer lugar, están los resultados de valoración del gobierno que realmente asombran por lo malos: la comparación más cercana posible es la del período de Batlle (2000-2005) cuando el país sufrió la crisis de la aftosa y la peor crisis financiera de la historia reciente con consecuencias sociales y económicas gravísimas. En segundo lugar, están los resultados en materia de seguridad, que muestran que no hay respuesta eficiente a la epidemia de asesinatos y que, por lo tanto, uno de los principales problemas planteados por la opinión pública no encuentra solución.
En tercer lugar, es claro que el oficialismo no cuenta con una renovación dirigencial amplia y consensuada que sea capaz de conducir al Frente Amplio (FA) por caminos de victoria, como fueron en su momento la conjunción de Vázquez, Astori y Mujica.
Sin embargo, hay dos realidades que deberían generar alerta en los partidos opositores de manera de no dormirse en una actitud confiada de cara a 2029. En primer lugar, el FA no se desmorona políticamente en lo más mínimo. Por un lado, ha sido evidente que en plena coyuntura llena de dificultades, su congreso salió del paso con unidad coalicionista y con unanimidad en la elección de su presidente: alguien que es, por cierto, muy combativo en la defensa de las posiciones de izquierda. Por otro lado, si bien es cierto que no se han conocido aún resultados de encuestas de intención de voto, porque falta mucho todavía para valorar el estado de opinión para tal instancia, no es menos cierto que es sabido que el FA tiene un piso electoral realmente envidiable: desde 1999, llueve, truene o relampaguee, no baja de 39%.
Se podrá apostar a que en 2029 ese piso caerá. Pero la verdad es que hoy no hay ninguna señal de derrumbe que deje pensar que el FA estará por debajo del tercio del total del electorado.
A esta situación de fortaleza estructural, hecha de bases sociales y políticas que se mantienen muy vigentes, deben sumarse dos factores muy importantes en favor de la izquierda. En primer lugar, está la movilización militante que sigue siendo muy potente. No necesariamente la militante política, pero sí la social y cultural, es decir, toda esa gente que hoy es crítica del FA y del gobierno pero que, llegado el momento, de ninguna manera prestará su voto para los partidos que están en la oposición. Hay allí un sentimiento de pertenencia, una adhesión ideológica, un ser y sentir de izquierda que nunca puede ser menospreciado en su influencia y en su cuantía. Creer que porque el gobierno no da pie con bola todo ese aparato decaerá o votará fuera de su redil, es un profundo error político.
En segundo lugar, está el calendario. Estamos recién en 2026. Falta, por ejemplo, que se implemente la unificación y el aumento de las ayudas sociales en favor de los más pobres, y con ello ya llegará la campaña, tan infame como previsible, de que si pierde el FA tal ayuda desaparecerá. Llegará por lo tanto la amplificación del nefasto clientelismo izquierdista. Falta, también, que la telaraña de influencias políticas y judiciales se extienda de manera de intentar salpicar con fuerza a los líderes de la actual oposición con inventadas tramas de corrupción para perjudicar sus chances electorales. No otra cosa, claro está, ha sido la historia de Cardama, por ejemplo. Simplemente, ella fue la primera de otras que seguramente llegarán y que la oposición deberá enfrentar.
No alcanza con constatar el enorme desgaste y las debilidades estructurales del oficialismo. La izquierda está lejos de estar agonizante. Y está muy lejos también de estar desconectada de sus bases tan plurales como numerosas que, cuando llega el momento, se alinean como un solo hombre tras su proyecto político. Lo peor que puede ocurrir con la oposición es que sus dirigentes, confiados en que cuentan con un candidato cantado y con respaldo de opinión pública positiva, se dediquen a descansarse los próximos años creyendo que la victoria está, ya hoy, al alcance de la mano.
Una actitud confiada y autocomplaciente de la oposición es garantía de un escenario que hoy siquiera ella se imagina: un FA ganando en 2029 sin mayoría absoluta en el Parlamento y con una presidencia mucho más corrida a la izquierda que la de Orsi.