Nicolás Pereyra | Montevideo
@|Me dirijo a la Sra. Ministra de Salud Pública, Dra. Cristina Lustemberg, con la cortesía que exige su investidura y con la que merece una pediatra que ha dedicado su vida a los niños. Justamente por eso me cuesta tanto entender lo que ha hecho.
Soledad Barrera también era pediatra. Tenía 41 años cuando entró a un quirófano, en octubre de 2023, para una operación de vesícula que nadie consideraba riesgosa. No volvió a despertar, y murió en agosto de 2024. La anestesista fue condenada por homicidio culposo, y el Ministerio, con el respaldo de su Comisión Honoraria de Salud Pública, la inhabilitó por cinco años. En octubre de 2025, la Sra. Ministra entendió que con tres alcanzaba.
No le discuto la facultad. Le discuto el modo. La rebaja provocó la renuncia de la mayoría de la Comisión que había aconsejado la sanción, lo que en cualquier república se llama un voto de censura técnico. La familia sostiene que la revisión se tramitó sin darle vista, y su recurso sigue pendiente. El informe que fundó la decisión todavía no ha visto la luz. Hace unos días, la Ministra aseguró que no había mentido y que no cambiaría lo resuelto, para admitir en la misma entrevista que han surgido elementos que quizás no tenía cuando lo resolvió. Sra. Ministra: si faltaban elementos, sobraba apuro.
Tampoco es un episodio aislado. Su Ministerio llevó a la Fiscalía al ex Subsecretario José Luis Satdjian, y la Fiscalía archivó la denuncia por no encontrar delito. Consultada sobre si le debía una disculpa, respondió que no tenía nada de qué disculparse. Curioso temperamento el de una administración tan avara para la reparación y tan generosa para la clemencia.
Dice la Ministra que su permanencia la decide el Presidente. Es una verdad jurídica, y también una manera elegante de no decidir. Hubo en este país hombres que entendían que un cargo se ocupa mientras uno puede mirar a los deudos sin bajar la vista, y que irse a tiempo es a veces el único gesto que salva lo que queda de autoridad. No le pido que se vaya derrotada. Le pido que se vaya por decoro, que es la forma más alta de tener razón aun en la derrota.
A la madre de Soledad Barrera nadie le devolverá a su hija. Tampoco le han dado, hasta hoy, una explicación. Lo mínimo que merece es que alguien, alguna vez, asuma.
Una renuncia que la honraría
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