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Paternidad intuitiva

Padre “sin título” | Montevideo
@|Nadie nos enseña formalmente a ser padres. Durante generaciones hemos supuesto que el amor y el instinto bastan y que la crianza es un oficio que se aprende sobre la marcha. Sin embargo, en un mundo donde nos preparamos durante años para ejercer una profesión o administrar un proyecto, resulta paradójico que asumamos una de las responsabilidades más determinantes de la vida desde la improvisación y la inercia cultural.

Aprender a criar sobre la marcha puede pagarse caro: con culpa, estrés desmedido y, muchas veces, con la repetición involuntaria de patrones que alguna vez juramos no replicar. No se trata de buscar una perfección imposible —los padres perfectos no existen—, sino de asumir que la paternidad exige conocimientos y habilidades que pueden y deberían desarrollarse.

Querer a un hijo y saber educarlo no son exactamente la misma cosa.

Prepararse para la llegada de los hijos debería incluir, entre otros aspectos, aprender a reconocer y manejar las propias emociones. Los límites son necesarios, pero resultan mucho más efectivos cuando se establecen desde la firmeza y la calma que desde el descontrol. También sería importante construir, entre quienes comparten la crianza, criterios y valores comunes, evitando que la educación se convierta en una sucesión de decisiones improvisadas frente a cada conflicto.

Comprender las distintas etapas del desarrollo infantil resulta igualmente fundamental. Muchas veces exigimos a los niños comportamientos, razonamientos o niveles de autocontrol que no corresponden a su edad. Conocer cómo evolucionan sus capacidades cognitivas y emocionales permite ajustar nuestras expectativas y comprender mejor sus conductas.

Y existe otra dimensión que no debería quedar relegada: la presencia. Ser padre o madre no consiste solamente en proveer recursos materiales. La conexión afectiva requiere tiempo, conversación, juego, escucha y una mirada verdaderamente atenta.

La investigación en psicología del desarrollo y las neurociencias ha mostrado la importancia de las experiencias y relaciones tempranas en el desarrollo infantil. La formación parental no debería entenderse como una manera de juzgar o culpabilizar a los padres, sino como una oportunidad para brindarles herramientas que permitan afrontar mejor una tarea extraordinariamente compleja.

Cabe entonces preguntarse: si consideramos indispensable prepararnos para ejercer determinadas profesiones o asumir responsabilidades complejas, ¿por qué damos tan poca importancia a la preparación para educar a un ser humano?

Cuestionar nuestros propios errores no debería ser un acto de condena, sino un punto de partida para aprender. Recomendar a las nuevas generaciones que se preparen para ser padres no significa restar espontaneidad ni amor a la experiencia. Significa reconocer que la buena intención, aunque indispensable, no siempre es suficiente.

Formarse para educar puede ser uno de los primeros grandes actos de responsabilidad y amor que podemos ofrecerle a un hijo.

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