Daniel Curbelo | Maldonado
@|Se celebra el récord de ventas de autos eléctricos en Uruguay, 3.000 solo en setiembre y como si fuera la victoria definitiva sobre la contaminación, pero en lugar de sustituir la flota a combustión de uso intensivo, simplemente la estamos multiplicando.
Al no existir un sistema de reciclaje para los vehículos usados, el auto a nafta o gasoil que se cambia por uno eléctrico no sale de circulación: cambia de manos y sigue quemando combustible por años. El parque automotor no se limpia; se agranda. Democratizar el acceso al transporte es un fin loable, pero perpetuar motores desgastados en las calles, prometiendo un aire limpio que no llega, es una paradoja injusta.
A esto se suma lo que nadie dice: las baterías pesadas destruyen el asfalto a mayor velocidad y multiplican el material particulado que respiramos por el desgaste de neumáticos. Mientras tanto, la huella ambiental no desaparece; solo la mudamos a las minas de litio y a los futuros cementerios de celdas agotadas.
Si de verdad nos importa el impacto social y ambiental, la respuesta no es llenar las calles de pesadas baterías. La verdadera esperanza para preservar la libertad de movilidad, proteger nuestro patrimonio y mantener vivo el motor de combustión sin culpa reside en el hidrógeno verde y los e-fuels neutros en carbono. Sin una mirada integral, la “transición verde” es solo un espejismo comercial que colapsa nuestras calles.
La movilidad eléctrica
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