Esteban Szabados | Brasil
@|En la escuela de la vida creamos redes sociales de amistad y, a veces, nos enfrentamos a personas con características, rasgos, intenciones y despecho, consciente o inconsciente, que hiere nuestra identidad. Escribir con el fin de desahogarse, contando nuestras vicisitudes, puede ser un buen remedio, alivio de las penas sufridas.
Estaba conversando en el trabajo con otras tres personas cuando escuché la opinión de una de ellas sobre Uruguay. Me quedé indignado. Un muchacho de “Matto Grosso” me preguntó cómo estaban los precios para viajar de paseo a Uruguay. Le dije que hacía cuatro años que no iba y que, por lo tanto, le preguntase a Beatriz porque había estado hace poco.
Ella le contestó que le pareció más caro que San Pablo y arriesgó una cifra: un 30 % más alto los precios, en general, de las cosas. Después le dio las razones: “Lo que pasa es que Uruguay no produce nada”. Ella percibió que yo había escuchado y sabe que soy uruguayo.
La palabra “nada” quedó retumbando en mi cabeza. Respiré en calma un tiempo que no sé cuánto fue y después le refuté.
Argumenté que Uruguay produce alimentos (derivados de la agricultura y la ganadería), celulosa, brinda servicios (de turismo, negocios y de puertos), incursiona exitosamente en el mundo de las “start-up”, genera y exporta electricidad de energías renovables.
Al rato pensé sobre la imagen creada popularmente en Brasil de que a nosotros nos gusta dormir la siesta y sacarle cuerpo al trabajo. Son los estereotipos que quedan fijados en la mente de las personas y que no los sueltan. En el fondo es también ignorancia.