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En sus zapatos...

Lucas A. Fraga | Montevideo
@|En un Estado democrático cualquier ciudadano tiene derecho a ser defendido, a ser asistido legalmente ante una acusación, sea de la clase que sea. Ante delitos horrendos me pongo en la piel de los abogados defensores y la verdad pienso que no es para cualquiera tener que defender lo indefendible.

Tener que apelar a recursos o buscar y rebuscar como una aguja en un pajar el mínimo detalle que pueda encontrar una fisura ante una evidencia incontrastable, debe ser terrible, por más sentido profesional que tenga el letrado. Dejar de lado la empatía que despierta una víctima para que un violador o un asesino implacable la saque lo más barato posible y, si se quiere, lo natural de sentir satisfacción ante ese logro que seguramente acrecentará la fama de ese abogado/a.

Y después de todo, lo otro, lo más tremendo aún: despojarse del traje de padre, hijo o hermano que ese profesional seguramente tenga, para defender a alguien que mató alevosamente y dejó muertos en vida a quienes tienen familia como él.

A esos familiares les queda solo el consuelo de que se haga justicia. Justicia que el profesional hará lo imposible para inclinar en favor de su defendido, haya cometido el delito que sea.

Sí, debe ser terrible, aparte tiene que tener una coraza por piel para soportar la reprobación y otros sentimientos aún peores, pero comprensibles, que su accionar legal despierta en terceros.

A estos, en su dolor e indignación no le podemos exigir que separen los tantos, van a meter en una bolsa a esos defensores con aquellos que les causaron tanto daño.

Esos abogados estarán acostumbrados a convivir con esas situaciones. Quizás encuentren justificación en la vieja cita de Blackstone: “Es preferible que diez hombres culpables escapen a que un hombre inocente sufra”…; pero igualmente no debe ser fácil.

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