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El cuento del abuelo...

Alberto Rodríguez Genta | Montevideo
@|Robertito quiso engañar a su abuelita...

-Abuela, te habla tu nieto, ¿cómo estás? Yo ando con problemas de garganta, abuela, me cuesta hablar...

Mi hermana lo cazó en el aire; era la sexta vez que le querían hacer el cuento del abuelo, no el del tío…y decidió seguirle el juego…

-Ay, Robertito, m’hijo, ¿cómo estás?, ¿qué te pasa?, ¿llamaste al médico? (Mi hermana no tiene ningún nieto llamado Robertito).

-Sí, abuela, ya hace más de media hora; ¿vos no tendrás algún remedio casero que me alivie, o que me recomiendes…?

-M´hijo, yo qué sé, yo soy apenas auxiliar de enfermería jubilada. (Mi hermana es maestra jubilada).

Y bueno, tras esta introducción para remover los afectos familiares, el nieto comenzó su perorata para tratar de venderle algo más que el Obelisco; la idea de que el Banco República se había dado cuenta de que, tanto los nuevos billetes como los antiguos, eran portadores del coronavirus. Le preguntó a mi hermana si había hablado con su hija, la madre de Robertito, si tenía el celular a mano, y mi hermana le respondió que lo había dejado olvidado en lo de Juanita.

Robertito, luego de consultarle a la abuela si ella tenía algún dinero en la casa, y preguntarle cuánto dinero tendría en el Banco República, etc., le dijo entonces que su madre (la hija de la abuela) estaba en esos momentos en el Banco República llenando una planilla familiar para que la abuela no perdiera su jubilación, porque a raíz de este suceso el Banco República iba a cerrar (¡¿..?!) y los jubilados iban a perder su jubilación..!

La abuela entonces, ¡terriblemente preocupada!, le preguntó qué tenía que hacer, a lo cual Robertito contestó que tenía que pedir el préstamo más alto que le pudiera dar el banco, para así asegurarse de que -al tener luego que cobrar el préstamo -no le iban a cortar la jubilación, porque, según le dijo la mamá a Robertito, el banco se aseguraba de poder cobrarlo a través de la jubilación…

Es más, su hija (él ya había hablado con ella) le dijo que su mamá debía tener como doscientos mil pesos depositados (otra buceada a ver si averiguaba algo) y que le mandaba un taxi a su casa para hacer el trámite porque no quería que la abuela perdiera su jubilación. Y la dejo por acá, porque ya se habrán dado cuenta ustedes los versos que son capaces de hacer estos chantas, con tal de estafar a quien puedan, sin mirar a quién, ni importarles el daño.

Este caso terminó bien, porque mi hermana, ya curada de espanto, los olfatea desde que comienzan a hablar; lo tuvo entretenido por más de media hora escuchando sus peroratas. Le dijo que si algo le pasaba a ella, tanto Robertito como su mamá se tendrían que dedicar a ayudarla, hasta que le cortó la comunicación y lo denunció ante la policía.

Sin duda estos crápulas merecen una pena muy grave, por cuanto es mucho el daño que hacen a aquellas personas más vulnerables y más confiadas. Como en el cuento de “Caperucita y el lobo”, Robertito quiso comerse a su abuelita, pero resultó que ésta, ya había leído el librito. ¡Tengan cuidado!

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