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Disfrutar los años...

Setentón | Montevideo
@|Uruguay es un país cuya población envejece. Esta realidad, que suele ser presentada principalmente como un desafío para el sistema previsional, la salud o las políticas sociales, merece también ser considerada desde otra perspectiva: ¿estamos preparados como sociedad para que las personas vivan más años y, sobre todo, para que puedan vivirlos con calidad, participación y sentido?

Durante mucho tiempo pareció natural concebir la vida como una sucesión de tres grandes etapas: primero estudiar, luego trabajar y finalmente jubilarse. Pero cuando la expectativa de vida aumenta, esa concepción comienza a resultar insuficiente. La jubilación puede significar el final de una actividad laboral, pero no debería significar el comienzo de una etapa definida fundamentalmente por la pasividad.

Para muchas personas, el trabajo no representa solamente una fuente de ingresos. También proporciona vínculos, responsabilidades, reconocimiento, objetivos y una estructura cotidiana. Por eso, cuando desaparece abruptamente, puede aparecer una pregunta difícil de responder: ¿y ahora qué?

Quizás deberíamos comenzar a prepararnos para la jubilación mucho antes de que ésta llegue. No solamente desde el punto de vista económico, sino también pensando en cómo continuar aprendiendo, desarrollando intereses, manteniendo vínculos, participando en la comunidad y encontrando nuevas formas de sentirse útil.

En este sentido, la educación permanente adquiere una importancia especial. ¿Por qué asociamos tan fuertemente el aprendizaje con la juventud? Una sociedad que vive más años debería ofrecer también más oportunidades para aprender a lo largo de toda la vida. No necesariamente para obtener un título o acceder a un empleo, sino para mantener la curiosidad, ampliar conocimientos, desarrollar nuevas capacidades y permanecer conectados con un mundo que cambia constantemente.

Existe, además, otro aspecto que deberíamos considerar: el aporte que las personas mayores todavía pueden realizar. Experiencia profesional, conocimientos, memoria, tiempo disponible y capacidad para transmitir aprendizajes constituyen recursos que una sociedad no debería desperdiciar.

Tal vez debamos modificar también la forma en que miramos el envejecimiento. En lugar de considerar a las personas mayores exclusivamente como destinatarias de cuidados y políticas de protección, deberíamos preguntarnos qué condiciones podemos generar para que continúen participando y aportando, cada una de acuerdo con sus posibilidades y deseos.

Esto requiere, naturalmente, políticas públicas. Pero también algo más difícil de modificar: una determinada concepción cultural acerca de lo que significa envejecer.

El desafío de una sociedad que envejece no debería ser solamente conseguir que sus ciudadanos vivan más años. Debería ser conseguir que esos años adicionales puedan estar acompañados de vínculos, proyectos, aprendizaje, participación y, fundamentalmente, razones para seguir sintiéndose parte de la sociedad.

Porque jubilarse del trabajo puede ser inevitable. Jubilarse de la vida, en cambio, no debería serlo.

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