Señor Director Don Martín Aguirre.
@|Estimado amigo:
Como lector de El País y no ya como colaborador, pido asilo en esta página para cuestionar, de su última columna, las referencias descalificatorias para el proceso político que a partir de 1903 transformó al Uruguay en una democracia social reconocida hasta hoy como la más sólida de nuestra América Latina.
Bien está que los blancos homenajeen a Aparicio Saravia. Soy sobrino bisnieto de él, porque mi querida y recordada abuela Regina Saravia era hija de su hermano “Chiquito”, muerto en la celebérrima “carga de Arbolito” de 1897. En mi despacho tengo su retrato al óleo, el único que he encontrado y luce junto al “Viva el General Rivera” de Juan Storm. De modo que miro a Aparicio con respeto y hasta con afecto. Luchó por sus convicciones, que eran la de compartir el poder a través de una mejor representación institucional, con mayores garantías de sufragio. Esto no difería de lo que sostenía el Presidente Batlle y Ordóñez, que luego de apoyar la candidatura de Julio Herrera y Obes, lo cuestionó severamente por su “influencia directriz”. Es más: en el 97 mucho se discutió si acompañar o no la revolución y si no se hizo fue porque claramente el Partido Nacional lo que procuraba era el poder.
El hecho es que si en 1897 había razones en 1904 no había ninguna válida para arrastrar al país a una guerra. Todo podía alcanzarse pacíficamente. Ya era inaceptable tener un país dividido con un poder opositor que impedía hasta que el ejército nacional entrara en ciertos departamentos.
Había que unificar al país. Y pacificarlo, como lo entendió Luis Alberto de Herrera. Desde ese momento, el país comienza una extraordinaria renovación, con una legislación social de avanzada, con derechos para la mujer tan extraordinarios como el divorcio por su sola voluntad y un avance económico y social que construye una generalizada clase media. Ella accede masivamente a la educación pública y encuentra en la industria y el agro el necesario sostén. Se crea la Facultad de Veterinaria con profesores norteamericanos. La de Agronomía con alemanes. Hay un mundo rural que progresaba junto a la industria. Lechería, praderas, genética animal…También hubo un campo tradicional que se rezagó y es el que usted piensa, estimado amigo, que era la raíz a conservar.
Por suerte, el país miró al mundo. De no hacerlo, de no entender que el aluvión inmigratorio que llegaba al Río de la Plata debía amalgamarse con los criollos e igualarse en derechos sociales, probablemente hubiéramos caído en algún “peronismo”, como le ocurrió a la rica Argentina.
Todo el respeto a Aparicio. Pero el futuro era Batlle y Ordóñez. Si hoy se sigue negando lo que representa, estaríamos renunciando a que colorados y blancos podamos dar respuestas a este nuevo nuevo mundo que se nos vino encima abruptamente.
Cordial y afectuosamente, Julio María Sanguinetti.