Magela Mosqueira | Montevideo
@|Je suis dévastée, sono distrutta, me siento desolada.
La violencia contra el patrimonio cultural tiene algo especialmente perverso. Más allá de las muertes y la destrucción material, ataca ferozmente la memoria colectiva, interrumpe el diálogo entre el pasado y el presente y despoja a las generaciones futuras de una herencia que también les pertenece.
Cada monumento, cada obra de arte, cada vestigio de una civilización constituye un testimonio de quienes nos precedieron. Destruirlos significa borrar parte de nuestra propia historia.
Nos proclamamos civilizados mientras perfeccionamos los instrumentos de destrucción. Hablamos de progreso, de conocimiento y de derechos humanos, pero seguimos demostrando una incapacidad alarmante para preservar aquello que ninguna generación tiene derecho a destruir.
Quizás la pregunta ya no sea cuánto hemos avanzado como civilización, sino cuánto hemos aprendido a respetar aquello que nos precedió.
Nos comportamos como propietarios de un mundo del que apenas somos ocupantes transitorios.
No me tiembla el pulso al afirmar que el hombre no es digno del mundo que posee.
Civilizados para destruir
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