Uruguay ha sido desde siempre una nación integrada. Más allá de las naturales diferencias socioeconómicas, políticas, y fundamentalmente culturales y subculturales nuestro país presenta una estructura de gran cohesión. No es menor esta constatación, y es algo que además de ser un activo -en algunos casos-, debería desvelarnos en su cuidado y protección.
Porque una nación es un proyecto de vida en común, y como todo prospecto sienta las bases en el pasado, pero necesariamente debe visualizarse la manera de convivir a futuro. Cuando esa mirada que intenta escudriñar el porvenir del modelo de convivencia se nubla, avanzar se hace difícil. Es por eso que ahondar grietas, levantar muros, generar brechas es lo peor que una sociedad civil y/o el universo político pueden tolerar, y mucho menos promover.
La política no vale cuando por el poder -objeto de la misma- se paga cualquier precio.
La mirada cortoplacista genera siempre un gran pasivo en la calidad democrática que lo paga la sociedad a largo plazo, cuando no a perpetuidad.
Alcanza con mirar un poco el vecindario, y hasta más allá de sus fronteras para darse cuenta de esto.
Y en este mundo de dormidos y/o complacientes ciudadanos preocupados más por lo políticamente correcto que por el bien y la verdad verdadera en el que vivimos, se hace particularmente difícil mantener la ecuanimidad que se necesita a los efectos de ponderar el fundamental valor de las antiguas virtudes en política.
A veces la ansiedad por el éxito inmediato se lleva puesta la prudencia.
Hay virtudes y valores que por antiguos no dejan de tener vigencia. Que por viejos que parezcan no dejan de ser disruptivos. Porque como dice el lema de una publicación española, ser conservador en algunos aspectos, hoy es como ser punk. Estas virtudes y valores que una sociedad y su sistema político no deben perder de vista y deben promover están directamente relacionados con el proyecto nacional. Se trata de darse cuenta que el bien existe y no es algo relativo.
Va de entender que está muy bien adaptarse a los nuevos tiempos, comprender que las cosas cambian, que antiguas estructuras e instituciones deben acompasar las necesidades coyunturales de la época, pero también de descubrir (una vez más) que el Hombre es Uno, y que así fue creado.
Y que la pérdida de la verdadera dimensión humana, de la trascendencia de la persona, y de la importancia del individuo para la sociedad trastoca todo.
Y cuando sacudís la estantería siempre se caen los adornos.
Es por esto que en momentos acuciantes siempre aparece la filosofía como instrumento principal, quizá porque esta es la herramienta laica de la trascendencia.
No es otra cosa más que ella la que está detrás de la búsqueda del bien absoluto, de la verdad real.
Es ella la que nos exige ecuanimidad, prudencia, y equilibrio para poder proyectar nuestra convivencia a futuro con más libertad.
Pero para esto siempre se requiere algo de resignación y de generosidad, que la hay en las cuestiones públicas aunque no parezca.
Y por qué no decirlo, también se requiere mucho de lo que los gallegos llamamos sentidiño.