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Tragedia del encierro

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Hubo muchos análisis sobre las causas del triunfo de Massa del pasado domingo y que lo deja muy bien posicionado para ganar la presidencia en noviembre. Me interesa aquí reflexionar sobre las consecuencias de ese eventual triunfo para la región.

En primer lugar, la nueva ola progresista ganaría un protagonista de peso: junto a Colombia y a Brasil se trata de una de las tres economías más grandes de Sudamérica. Más allá de matices nacionales, lo cierto es que el continente quedaría así alineado al bloque mundial crítico del orden internacional que promueve Occidente. En efecto, con Argentina gobernada por Massa todos los principales países sudamericanos aparecerían pues seducidos por la potencia china; por el alineamiento multipolar del BRICS; y por ciertos ademanes de neutralidad indigna, tanto en lo que refiere a la política imperialista rusa como a los ataques que sufre Israel.

En segundo lugar, la “vieja trenza” de intereses comunes entre Brasilia y Buenos Aires, que van en desmedro de los de Montevideo, sumaría un nuevo y fuerte nudo. Ninguno de los grandes del Mercosur está pensando sinceramente en abrirse al mundo tal como la economía uruguaya lo requiere para acceder a mercados y potenciar inversiones. Y esta connivencia ideológica no solamente buscará caminos alternativos de desarrollo y financiamiento -a través, sobre todo, del BRICS y de China-, sino que activará fuertemente la alianza con la izquierda uruguaya en base a la letanía de la patria grande y todo el blablablá regionalista que tanto emociona en el comité de base: si fuerte fue el apoyo de Kirchner a la campaña del Frente Amplio (FA) en 2004, protagónicos serán los de Massa y Lula en 2024.

Sabemos que estamos maniatados en política exterior porque en el Mercosur ha primado la perspectiva proteccionista de nuestros poderosos vecinos, en vez de nuestros intereses nacionales de apertura comercial; tenemos claro que el FA adhiere a la tesis de ser la cola de ratón de Argentina y Brasil, de manera de nunca contrariar sus intereses y de siempre pedirles permiso antes de tomar cualquier iniciativa de apertura soberana -así fue que en 2006 perdió el tren comercial con Estados Unidos-; es evidente pues que jamás lograremos un consenso nacional que aplique una política exterior propia en función de nuestras necesidades de mayor inserción comercial; y finalmente, somos conscientes de que entrando en el atardecer de este gobierno, con elecciones cercanas y con este panorama político de nuestros vecinos, se hace muy difícil dar ahora un golpe espectacular que rompa con la inercia de una política exterior anémica en resultados contundentes.

Frente a este panorama, siempre están los ingenuos que creen que de ganar el FA en 2024 la configuración de fuerzas progresistas regionales nos ayudará. Dicen que este Lula de ahora busca la apertura; que Massa querrá fomentar sus exportaciones para crecer; y que los moderaditos izquierdistas del FA que comanden la economía sí querrán abrirse al mundo. En realidad, son todas ilusiones que, además, no asumen la urgencia de los tiempos: precisamos la apertura de mercados para ayer, no para 2025.

Si termina ganando Massa, nuestro horizonte está anunciado: la tragedia del encierro.

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