Talles, agua y Hayek

Cómo puede ser que todos los periodistas defiendan esta ley. ¡Es una barbaridad!”. El comentario del amigo comerciante venía a cuento de la famosa “ley de talles” que está en debate en el Parlamento. Una ley que tiene ribetes de un voluntarismo enternecedor, ya que no solo obligaría a los comercios a tener prendas de todas las medidas, sino que ordena crear una especie de estudio nacional para saber cómo son los cuerpos de los uruguayos, y establece que puede haber delitos de discriminación de acuerdo a có-mo te trata el que te atiende en una tienda.

“Ustedes también”, me decía este amigo. “Fijate que el título que ponen: ‘Marcha atrás con la ley de talles, que busca asegurar ropa a todos los uruguayos’. Como si todo fuera un tema de intención, y sólo los malos comerciantes estuvieran en contra”.

El comentario nos dejó pensando. Sobre todo porque el dilema parece exceder el tema de la ropa. Existe un problema extendido en grandes sectores de la sociedad, y que se ve más patente entre periodistas y comunicadores, que juzgan las leyes o las medidas políticas, por sus intenciones más que por sus resultados.

Hace cinco años, por ejemplo, se votó la “Ley Trans”. Una ley ambiciosa que regulaba el tema de los cambios de sexo (a costo del Estado), de nombre, garantizaba derechos a la educación y a la salud, pagaba “reparaciones” a la población “trans” por sufrimientos de la época de la dictadura, y hasta aseguraba una cuota de contrataciones en el Estado.

En aquel momento, escribimos una columna criticando la ley, no por sus intenciones, sino por su redacción y postulados, que nada iban a lograr para mejorar la vida de este sufrido grupo de uruguayos. Facho, transfóbico, miliquero, reprimido... fueron los comentarios más elogiosos.

Pasados estos años, ¿alguien hizo una evaluación del tema? ¿Sirvió para algo? Viendo lo que por estas horas denuncia la senadora Gloria Rodríguez sobre la ley destinada a apoyar a la población afro, votada hace 10 años y que nunca se aplicó, parece que no.

Es que la intención de una ley no es importante. Lo clave es si cumple lo que promete. Y cómo.

Si yo propongo una ley con pena de muerte a los violadores, nadie la va a definir por el lado de que hay gente que se niega a apoyar una ley que busca terminar con las violaciones, ¿no?

Hay otro tema clave que mencionaba el amigo Hernán Bonilla en una columna reciente. Votar normas sabiendo que no se van a cumplir, es un error trágico. Es quitar peso al resto de las leyes, y generar un clima donde el Estado y los ciudadanos sienten que tienen derecho a elegir qué normas cumplen y cuáles no.

Hay una línea común que conecta este “buenismo” de legisladores, comunicadores, y sectores de las capas medias urbanas de la sociedad. Es un sentimiento, algo infantil, en la línea de que el mundo es hostil y complejo porque queremos. Que alcanza con ponerle ganas, para que los derechos fluyan libremente a nivel social. Casi como... el agua.

Y no es así. La obligación de tener todos los talles, llevará a cerrar comercios, impondrá costos que deberá asumir el Estado, o los que compren la ropa de talles más habituales, y eso terminará dañando a quienes se busca beneficiar. Pasó mil veces.

Por ejemplo, tenemos el tema de la crisis hídrica. En un siglo, nunca se dio un fenómeno de sequía tan persistente, justo sobre el lugar de donde se saca el agua para toda la zona metropolitana. Cuando ocurrió, era obvio que iba a ser algo pasajero, que había que aguantar. Pero la histeria de un sector de la sociedad, azuzada políticamente, y con argumentos como el de la Sociedad de Arquitectos, que condenó “la actitud, ignorante, irresponsable y paralizante, que significa dejar pasar el tiempo y esperar que llueva…”, llevó al gobierno a gastar millones en obras que, si sigue lloviendo tal cual está previsto, nunca se van a usar.

¿Sabe una cosa? Si un día no llueve por seis meses, estamos jodidos. Y chau. No importa qué tan precavidos estemos. Lo ignorante, a veces, es creer que desde el Estado, podemos arreglar el mundo e ignorar los vaivenes naturales.

En las últimas vacaciones, leímos un apasionante libro de Hayek llamado “La fatal arrogancia”. Allí se analizan los errores y horrores, provocados por la soberbia de ciertos sectores, en especial aquellos con más formación, al creer que todo se puede medir, calcular, solucionar desde el Estado. Y que solo una muy mala persona, se puede oponer. Después, cuando las cosas salen mal, el chivo expiatorio suele ser justamente el que advirtió que ese camino no servía.

Admitimos que, empujada al extremo, esta es una postura riesgosa. Que puede llevar al inmovilismo y la resignación. Pero viendo algunos ejemplos recientes, un poquito más de humildad y menos de voluntarismo, parece urgir en algunos sectores de nuestra sociedad.

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