Los grandes dictadores totalitarios del siglo XX tuvieron vocación escénica y desplegaron su histrionismo en escenarios monumentales. Pero no sólo en el totalitarismo está esa pasión por escenificar el liderazgo. En populismos de izquierda y derecha y también en líderes democráticos se ve el instinto histriónico que hace de distintas circunstancias escenarios para protagonizar su liderazgo.
La vicepresidenta argentina es un ejemplo de talento escénico. Desde los balcones internos de la Casa Rosada ante la militancia juvenil y en esas conferencias con funcionarios, artistas, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y otras figuras como platea de admiradores embelesados, Cristina Kirchner ha desplegado sus encantos escénicos.
Aunque distante de posiciones económicas y del discurso político de la líder kirchnerista, además de necesitar el importante piso de votos que ella puede aportarle, Sergio Massa intenta ser un buen aprendiz de esa experta en escenificaciones.
El ministro argentino de Economía debutó como actor y reggiseur de sus actuaciones. Un paro de colectivos que dejó a pie a millones de personas impactaba contra su imagen y Massa encontró el modo de revertirlo para sacar ventaja de ese suceso negativo.
La escenografía era una sala de reuniones en la que el candidato del oficialismo, flanqueado por dos ministros, y los representantes del sector empresario y del sindicato de choferes, retaba a los dos sectores cuyo enfrentamiento dejó Buenos Aires a pie.
Todos estaban a muy corta distancia del único orador, pero éste hablaba por micrófono. En una reprimenda difundida a modo cadena nacional, el ministro fue duro, pero habló con serenidad. Cuestionaba duramente, pero expresándose como si dictara cátedra. Sus interlocutores y el país entero tenían la oportunidad de aprender de ese funcionario que tomaba de las orejas a choferes y empresarios, retándolos con severidad, pero sin agresividad.
Sobre el final, anunció que por su intermediación se había llegado a una solución y que, pocos minutos después, los colectivos volverían a recorrer las calles.
En la explicación de Massa, esos empresarios subsidiados por el Estado usaron la demanda sindical y el paro de los choferes a modo de extorsión para que haya un incremento en los subsidios. Lo que no explicó es que cada actualización de subsidios queda bajo la fuerte presión inflacionaria que produce el déficit fiscal y una de sus consecuencias inmediatas, que es la emisión monetaria para poder aumentar los subsidios, produce más inflación, y así sigue el círculo vicioso.
Lo más significativo no estuvo en la solución del problema, que en realidad no es ninguna solución, sino en la escenificación que hizo Massa para convertir un problema en algo favorable a su candidatura presidencial. En su actuación, Massa desempeñó el rol de un líder cuya capacidad lo hace seguro de sí mismo, por eso se mantuvo sereno en lo que se supone debía ser una situación tensa.
Sus interlocutores lo escucharon callados y, con patética obsecuencia, a pesar de haber sido regañados en público aplaudieron al ministro que, de hecho, aparece como depositario de la autoridad y del poder cuyo legítimo poseedor debería ser el siempre ausente Alberto Fernández.
Con esta escenificación, el hombre que, además de superministro y candidato presidencial, actúa como presidente de hecho, debuta en el rubro en el que Cristina Kirchner ha mostrado virtuosismo, aunque sus últimas apariciones fueron desacertadas.
La anteúltima actuación de la vicepresidenta con público cautivo y obligado al aplauso, fue un error deplorable. Y en ese error arrastró a Massa, quien mostró incapacidad para reaccionar a tiempo y no quedar pegado al estropicio.
Teniendo como telón de fondo el avión que usó la dictadura militar para arrojar miles de personas al mar, la vicepresidenta monologó sobre las razones por las que Massa terminó siendo el candidato de unidad. Con el ministro a su lado como partenaire mudo, Cristina Kirchner dejó en claro que su preferido era Wado de Pedro. Incluso describió al ministro y candidato como un adicto a jugar con trampa.
Resultaba de por sí aberrante que se usara un acto sobre Derechos Humanos para que la líder del kirchnerismo perorara sobre la política interna de su espacio. Para colmo, ante la perplejidad del candidato, Cristina dijo que la figura más competitiva del oficialismo es ella, pero no puede ser candidata porque está “proscripta”. Ergo, la vicepresidenta devaluó a Massa a la categoría de candidato muleto.
La actuación se volvía aún más insoportable al tener como telón de fondo el avión que se usó como instrumento de asesinato en masa.
En ese escenario delirante, usado como tantos otros para escenificaciones de Cristina, Sergio Massa fue un triste actor de reparto.
Días después mostró su propia concepción de lo que deben ser las escenificaciones de un liderazgo. Y en esa actuación, dos ministros, tres empresarios de transporte y dos sindicalistas de los choferes fueron los tristes actores de reparto.