En el análisis de la estrategia del Frente Amplio (FA) para el ciclo electoral de 2024, me preguntaba aquí hace unas semanas quién sería el Nin Novoa de 1994, es decir, quién encarnará con protagonismo político relevante un giro hacia el centro entre junio y octubre, de manera de seducir a un electorado no identificado con el FA, de acercarse a la mayoría absoluta en el Parlamento, y de facilitar luego el triunfo en el balotaje.
La conclusión del razonamiento era que el asunto no es sencillo. Por un lado, porque una interna pareja entre Orsi y Cosse no permitirá que un Read (o similar) ocupe la vicepresidencia en la lógica de apertura hacia la “nueva mayoría por Uruguay”: el escenario, en esta dimensión, es bien distinto al de 1994 y su Encuentro Progresista. Por otro lado, porque la presión sindical y del corrimiento hacia la izquierda para ganar la interna harán que todo el FA decida apoyar el plebiscito para reformar la Constitución en octubre, ese que tendrá por objetivo hacer caer la reforma de la seguridad social aprobada hace unos meses: ya Cosse se manifestó a favor; y ya los socialistas también, por ejemplo.
Sin embargo, quien crea que por estos constreñimientos estructurales el FA no operará, igualmente, una apertura hacia el centro, se equivoca totalmente. El error está en suponer que importa la coherencia discursiva; que lo relevante es la lógica argumentativa; que hay una especie de ciudadano racional que sanciona contradicciones graves; y que, por tanto, el FA no podrá seducir hacia el centro porque estará tironeado por su alianza sindical y por su base radical expresada en el binomio mayoritario Cosse-Orsi (comunistas-tupamaros).
¿Cómo hará entonces el FA para hacer creíble su estrategia? Abrirá mu-cho el abanico de ofertas dentro de la “nueva mayoría por Uruguay”: cada ciudadano podrá verse reflejado en alguna de ellas y desestimará lo que digan las demás. Así, si bien no habrá un Nin Novoa, sí existirá, por ejemplo, un Oddone como candidato a ministro de economía que hará creíble la seguridad que antes daba Astori, y que reforzará la legitimidad de la alianza de los no-FA orgánicos con el FA estructurado.
El que se queje de las varias incongruencias discursivas que este abanico electoral izquierdista presentará, seguramente tendrá razón en sus decires. Pero no importará, porque lo relevante para ganar elecciones es la amplitud del rastrillo, como bien lo entendió Vázquez y ha tratado de explicarlo, con aquello de abrazarse a culebras, tragarse sapos o decir una cosa y decir la otra, Mujica.
Lo verdaderamente interesante de todo esto es que está ocurriendo a plena luz del día. No lo ve quien no quiere, del lado de la Coalición Republicana (CR). Y la tragedia es que en tiempos en los que se precisa poner en la cancha un rastrillo igual de amplio del otro lado (que fue lo que hizo, en 2019, la estrategia Lacalle Pou-Sanguinetti- Manini Ríos-Mieres), está faltando la inteligencia colectiva para armarlo y ponerlo a trabajar.
No es que blancos y colorados deban desatender sus juegos internos para ganar sus respectivas candidaturas partidarias. Sí es que, si no se toma el rastrillo de la CR y se le da una nueva y seductora presentación para 2024, el oficialismo será inapelablemente derrotado.