Se cumplió medio siglo del golpe de Estado de 1973, y la evocación de aquel aciago día de junio ha tenido, como no podía ser de otra manera, un acopio de testimonios, actos en el Palacio Legislativo y fuera de él y cobertura periodística especial y documentada.
La tecnología permitió que dentro del hemiciclo parlamentario volvieran a escucharse las voces de tres legisladores que hicieron uso de la palabra en la última sesión antes del golpe, la noche del 26 de junio. Inclusive con proyección de imágenes. La presencia de tres expresidentes de diferentes partidos políticos juntos con el actual, en la ceremonia y haciendo uso de la palabra el 27 en la Torre Ejecutiva, fue una señal clara del sentido profundo y ejemplarizante de la evocación.
Las librerías promovieron libros de autores uruguayos referidos al quiebre institucional, y con el hallazgo de nuevos restos de desaparecidos en días previos, el tema tuvo una actualización dramática que remitió a aquel clima ominoso de hace 50 años.
Reconociendo lo inevitable de esa memoria cinco décadas después, tengo la sensación de que el peso de los hechos que se evocan, también impide superar esa grieta de la historia. La consigna Memoria y Justicia es de rigurosa necesidad, y mientras el tema de los desaparecidos no se resuelva, obrará como un lastre moral para la República.
Hoy, la difusión en internet de los archivos de la dictadura -pese a los reparos de la izquierda- y la empecinada negativa de los militares conocedores de los hechos a dar datos sobre el destino y lugares de enterramiento de los desaparecidos, renuevan el encono y la imposibilidad de olvido y de perdón. Ese tema irresuelto por los factores que he mencionado, es un pantano en el cual nadie avanza para despejar el camino de la historia.
La criticada ausencia del Presidente de la República en el acto realizado en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo en el que el Estado Uruguayo reconoció su responsabilidad y participación en los homicidios de las “Muchachas de Abril”, que muchos catalogaron de señal política, demuestra el grado de sensibilidad que todavía existe sobre el pasado reciente.
Esa sensibilidad se extendió a la ciudadanía y a toda la clase política. Las imágenes del Palacio Legislativo envuelto en la niebla nocturna con las improvisadas lámparas de velas dentro de bidones de plástico, configuraron una escenografía impactante y expresionista para rememorar aquella noche en la que se quebró la institucionalidad.
Sin embargo y pese a que se supone que la gente sigue teniendo un fuerte rechazo a la dictadura y su padecimiento, un estudio realizado por la Corporación chilena Latinobarómetro, publicado en noviembre de 2021, indicaba que el 27 % de los uruguayos apoyaría un gobierno militar y el 41% uno “no democrático”.
Es de esperar que esos números no sean exactos o se hayan modificado en el tiempo transcurrido luego del estudio. Otro estudio más reciente, esta vez de la consultora Cifra, revela que el 73% de los uruguayos no fue ni piensa ir a actos o caravanas de ningún partido político.
Los números anteriores denotan un cruce paradojal de posturas y miradas, lo cual induce a pensar que la realidad y sus relatos a veces no coinciden. Si por un lado se deplora la dictadura y por otro se denota indiferencia ante la convocatoria de los partidos, hay una contradicción. Ese porcentaje de uruguayos que no piensa concurrir a convocatorias partidarias probablemente está representando también un cierto descreimiento en la política y los políticos. La democracia, como sistema de gobierno, muestra síntomas de debilidad en todo el mundo, aunque Uruguay es una excepción en ese aspecto, según señalan muchos análisis.
La presencia de la consigna “Nunca Más” abriga la esperanza de que exista un real acuerdo en no tolerar ni admitir una nueva dictadura, venga de donde venga, pero es engañoso pensar que solo evocando una fecha contraria a la democracia, lograremos mejorarla y ponerla a salvo de embates en contra.
La Historia no se olvida, pero recordar una fecha nefasta no cambia los hechos ni resuelve sus desagradables herencias. Creo que 50 años después es tiempo de acompañar la necesaria evocación abriendo ventanas mentales a lo que nos espera medio siglo más adelante, es decir el futuro.
Hace 45 años se estrenaba en España la película Solos en la madrugada, dirigida por José Luis Garci y protagonizada por un José Sacristán inolvidable, encarnando al conductor de un programa radial que lleva el nombre de la película. España vivía la transición a la democracia luego de 40 años de dictadura.
En 1975, moría el general Franco y con él se clausuraba un tiempo de desencuentro, dolor con 130 mil víctimas a cargo del franquismo y casi 50 mil por la respuesta republicana. Había desaparecidos que sumaban casi 115 mil por obra de los llamados “nacionales”. La transición hacia el estado de derecho tenía que asumir todo eso para que España resurgiese. La película reflexiona, a través de Sacristán, sobre ese nuevo tiempo que estaba abriéndose, ahora que “habíamos quedado huérfanos”, según dice el protagonista.
En un final cargado de emoción y reflexión, Sacristán dice que “No podemos pasarnos otros 40 años hablando de los 40 años”.
Esa frase resumía el espíritu de la época y el talante de una generación que no quería seguir cargando con el insoportable peso de esos 40 años de dolor y desencuentro. Pero la memoria y la búsqueda de justicia no siguieron el mensaje de la película, y más de tres décadas después se empezó a excavar y a buscar fosas comunes en procura de hallar restos de desaparecidos por el franquismo, lo cual ha seguido hasta el presente, siendo España el segundo país con más fosas comunes después de Camboya.
El ejemplo de España es la prueba de que el Nunca Más Dictadura proclamado el pasado 27 debe ir acompañado de la solución al tema de los desaparecidos, de lo contrario las heridas continuarán abiertas, supurando rencor y desencuentro.