Nuevo can progresista

Los veteranos solemos despotricar contra los jóvenes cuando, por hablar en un alambicado lenguaje inclusivo, suponen que corregirán las inequidades de género.

Pero en comunicación política, muchas veces nosotros hacemos lo mismo.

Algunos dicen “excesos” cometidos por las pasadas dictaduras latinoamericanas, como si ese eufemismo minimizara en algo el horror de las torturas y violaciones que perpetraron.

Desde el otro extremo del dogma totalitario, están los que califican de “contrarrevolucionarios” a los ciudadanos de a pie que salen a la calle en demanda de libertad.

También abundan las palabras culteranas que se ponen de moda: en ciertos ámbitos académicos, el que no utiliza conceptos del estilo de “invisibilización” y “transversalización” puede llegar a ser tachado poco menos que de analfabeto.

Pero cambiar palabras intencionadamente para edulcorar conceptos nefastos es una práctica habitual, también entre políticos de probada convicción democrática.

En los últimos gobiernos hemos escuchado definir a un impuesto a los sueldos como un “impuesto a la renta de las personas físicas”; claro, decir que se castiga a una renta queda menos amargo que admitir que se rebanan los salarios que acumula un trabajador multiempleado. También se aludió al ajuste fiscal con un ingenioso nombre artístico: “Consolidación fiscal”.

La comunicación electoral está llena de estas argucias. Los estrategas y publicistas viven buscándole la vuelta para hermosear con palabras las ofertas de partidos y candidatos.

Ahora se está hablando de un nuevo nombre fantasía para que el Frente Amplio agrande su oferta política con sectores asociados que no simpatizan con el paraguas de su marca.

Es una práctica que en el caso del FA ya tiene antecedentes. En 1994 y 1999 se presentaron como “Encuentro Progresista” para justificar la incorporación de un exdirigente del Partido Nacional, Rodolfo Nin Novoa. Recuerdo una elección en que repartían autoadhesivos que decían “auto progresista”. Yo quise diseñar uno para el mío que dijera “auto retrógrado”, pero no me animé.

En 2004 agrandaron aún más la marca: “Nueva mayoría Encuentro Progresista Frente Amplio”, para recibir a Rafael Michelini. En las dos elecciones siguientes volvieron a ser lo que siempre habían sido desde 1971, Frente Amplio a secas.

La verdad es que esos esfuerzos lingüísticos resultaron tan redundantes como dignos de mejor causa; porque ya de arranque, lo que expresa el concepto “Frente Amplio” es justamente eso: un encuentro de distintos partidos y orientaciones con vocación de convertirse en mayoría.

Si quienes se arriman de otras tiendas -llámense Nin Novoa, Michelini o ahora Fernando Amado y Richard Read- no se sienten cómodos con la marca, entonces no se entiende por qué le aportan sus votos. En qué cambia que inventen un paraguas más grande si lo único que están haciendo es cobijarse bajo el mismo techo.

En las últimas semanas manejaron la idea de un nuevo nombre fantasía (“Nueva Mayoría por Uruguay”) propuesto por su presidente Fernando Pereira; luego se supo que no fue aprobado por la Mesa Política, pero que la búsqueda continúa.

Según informó El Observador, el Partido Socialista manifestó explícitamente que debían hacerse acuerdos “por principios y valores” antes que un paraguas electoral, alegando que “no puede lavarse la identidad del programa frentista”. Con la vaca tan atada, ¿qué sentido tiene publicitar una nueva marca (con la plata que cuesta, además) si los sectores a incorporar no tendrán incidencia alguna en el programa de gobierno? La disyuntiva es cómica, porque por otro lado, cuando ellos se refieren a la coalición oficialista, la simplifican y tergiversan hablando de “el herrerismo y sus socios”. Pero al definirse a sí mismos, en lugar de elegir la marca que los agrupa, sienten la necesidad de modificarla y complejizarla.

Es aquello de que si tiene cuatro patas, cola y ladra, es un perro, aunque lo rebauticen como “nuevo can progresista”.

Creo que estamos en un momento de transición del comportamiento electoral uruguayo. A diferencia de lo que opinan los “Rebeldes” del Partido Colorado, está instalado de facto un nuevo bipartidismo que enfrenta a las dos familias ideológicas en que se agrupa mayoritariamente la ciudadanía. Los frentistas dirán que es “neoliberales versus progresistas”. Yo prefiero hablar de republicanos versus colectivistas. Pero lo cierto es que hay que ser ciego para no ver esto y comprender que urge un sinceramiento del sistema, con dos actores claramente identificables: el Frente Amplio de un lado y la Coalición Republicana del otro.

Eso vale también para esta última. Veo a los cinco (o cuatro) partidos que la integran más interesados en regar su árbol que en agrandar el bosque. Resulta imprescindible elaborar un programa común, que ojalá sea la antesala de un lema único, y no solo a nivel departamental.

Que los cuatro autoservicios comprendan al fin las ventajas de formar juntos un gran supermercado.

¿Encontraste un error?

Reportar
Te puede interesar