Moral demodé

Tratándose de un periodista que se caracteriza por hablar sin filtro, no me extrañó que Jorge Lanata dijera: “no espero moral de la TV”. En realidad, titular una crónica con tan funesta afirmación sería engañoso. Porque Lanata completó la frase: “… pero no soporto que algunos se comporten como seminaristas, gente que ni siquiera considero periodista habla de ética profesional”.

La polémica se encendió al informar sobre una enfermedad que padecía una persona mediática, dolencia de la que nadie había hablado por respeto a la intimidad de la doliente. Los colegas le saltaron a Lanata a la yugular por la afectación que esa revelación podía tener en el entorno familiar de ella. Y la verdad es que en esa burla a los que posan de seminaristas, tiene toda la razón del mundo: la televisión porteña desborda de inefables chimenteros que ventilan intimidades de la farándula, porque cuanta más privacidad develen, habrá más puntos de rating.

Recuerdo algunas catástrofes propiciadas por esa prensa amarilla a lo largo de los años: la vez que en un programa en vivo le mostraron a un cirujano plástico que estaba acompañado de su esposa, una cámara oculta en la que ese mismo profesional aparecía ofreciendo su servicio a una mujer trans a cambio de sexo. O la otra vez en que un canal trasmitió en directo las tribulaciones de un hombre que amenazaba con pegarse un tiro, prácticamente incitándolo a hacerlo. O las más recientes entrevistas callejeras al querido Antonio Gasalla, para exponer crudamente sus probables alteraciones mentales y hacer escarnio de ellas.

Para la tevé basura, todo lo que “mide”, o sea se traduce en buenos índices de audiencia, vale oro.

Por eso la declaración de “no espero moral de la TV”, es altamente reveladora. Moral, ética, honestidad intelectual, son palabras que se están banalizando cada vez más, como si aludieran a un tiempo pasado de adustos caballeros que se enfrentaban en el campo del honor; como si no fueran el cimiento de la práctica profesional.

Tiene que ver sin duda con el relativismo cultural que heredamos de la ya vieja posmodernidad: de tanto cuestionar los mandatos religiosos de nuestros antepasados, de tanto proclamar la autenticidad de la elección individual por encima del respeto a las tradiciones, terminamos convenciéndonos de que no hay valores inmanentes y de que nuestras acciones se justifican no por honestas, sino por rentables. Pertenecemos a la generación que supo rebelarse contra paradigmas caducos, pero que en lugar de sustituirlos por superación espiritual, lo hizo por la más perezosa y estúpida adaptación a las veleidades del mercado.

Disney no introduce en sus películas personajes LGBT para promover la diversidad: lo hace porque es un buen negocio. Cuando empiece a perder plata, la sirenita volverá a ser blanca y pelirroja. Me consta que a los uruguayos nos encanta legislar sobre todo, pero en esto no hay normativa posible: emitir un mensaje con un sustento moral no se motiva por ley, sino que debe surgir de la convicción libre de quien lo hace. Enseñar más a Vaz Ferreira ayudaría, lo admito, pero mientras tanto, no nos queda mucho más que tomar de las solapas y sacudir un poco a quien tiene el privilegio de informar a la sociedad, para que asuma la responsabilidad de sus acciones y su función, más de promotor cultural que de generador de clics y rating.

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