Maestros privados

Qué tienen en común Fructuoso Rivera, Juan Antonio Lavalleja, Manuel Oribe y Joaquín Suárez? Obviamente, el ser figuras destacadas de nuestra historia. Pero hay algo más, de lo que casi nunca se habla: los cuatro fueron en su niñez a escuelas regenteadas por maestros privados. No a una misma escuela, sino a cuatro escuelas diferentes.

Dadas las fechas de nacimiento de cada uno de ellos, eso ocurrió en el período colonial. Solamente una de esas escuelas (la que frecuentó Oribe) quedaba en el Montevideo intramuros. La de Rivera quedaba en “el Peñarol”, es decir, en una zona rural bastante alejada de las murallas. La de Joaquín Suárez estaba en Guadalupe, que es la actual ciudad de Canelones. La de Lavalleja funcionaba en Minas, que era entonces una pequeña aldea. Ni “el Peñarol”, ni Guadalupe ni Minas tenían en ese momento otras escuelas.

Estos cuatro casos pueden sonar anecdóticos, pero no lo son. Los maestros privados independientes fueron una realidad importante desde el mismo momento en que hubo actividad educativa en estas tierras. Casi siempre hombres, mitad maestros y mitad microempresarios, durante mucho tiempo tuvieron escuelas que frecuentemente eran una habitación adosada a la casa donde vivían. Casi siempre enseñaron solos o con algún asistente o sustituto ocasional. Las escuelas privadas con varios maestros y personal directivo fuera del aula llegaron mucho más tarde.

No era, por cierto, un fenómeno que solo existiera en estas latitudes. La figura del maestro independiente es muy antigua y aparece en muchos lugares del mundo. Era habitual en Europa y aparece de manera más o menos fugaz en alguna vieja película ambientada en el oeste norteamericano. La presencia de estos maestros en la Banda Oriental ha sido mayormente ignorada. La idea dominante es que la poca educación que hubo en tiempos de la colonia estuvo en manos de algunas congregaciones religiosas y eventualmente de las autoridades civiles. Pero un examen cuidadoso muestra que esa idea es errónea.

La educación en el período colonial no fue tan escasa, entre otras cosas porque no tuvo dos patas sino tres: las órdenes religiosas (franciscanos, jesuitas), las autoridades civiles (que en varios lugares abrieron y financiaron escuelas) y los maestros privados independientes, de los que tenemos huellas a partir de la década de 1740, es decir, la misma en la que empiezan a enseñar los franciscanos y los jesuitas.

Esa tercera pata no era un fenómeno marginal. Bien al contrario, es sostenible (intento hacerlo en “Maestros y escuelas en el fin del mundo”, un libro recientemente editado por Linardi y Risso) que la mayor parte de los maestros que actuaron en la Banda Oriental durante el período colonial fueron maestros privados independientes.

Contra lo que a veces se ha dicho, no se trataba de una actividad informal ni clandestina, sino de una profesión regulada. En España, donde eran una presencia poderosa, hubo numerosas normas que definieron desde muy temprano las condiciones de ejercicio de la profesión. En la Banda Oriental esas normas se aplicaron de manera más flexible pero con rigor creciente. Para ser maestro privado había que pasar por una instancia de evaluación previa y aceptar mecanismos de seguimiento, como visitas de inspección o exámenes a los alumnos. También se especificaba lo que debían enseñar, se ponían límites a lo que podían cobrar y a veces se los obligaba a aceptar alumnos en forma gratuita.

Todo esto cayó en el olvido. Ha sido frecuente que, cuando en el trabajo de un historiador aparece algún maestro privado, se lo trate como un episodio pintoresco y aislado. Eso contribuyó a instalar la idea de que la actividad educativa durante el período colonial (y también en las décadas siguientes) fue un fenómeno frágil y de poco alcance. Obviamente aquella enseñanza no tuvo el desarrollo que alcanzó más tarde (lo mismo pasó en todas partes), pero la imagen de extrema debilidad fue una ilusión óptica generada tras olvidar una de las tres patas sobre las que había funcionado. Una pregunta interesante es por qué, si esos maestros fueron tan relevantes en su época, se los olvidó más tarde. Y la respuesta más plausible es que eso ocurrió porque no hubo quien defendiera su memoria.

A los religiosos que enseñaron en aquella época los reivindicaron sus propias congregaciones y, de manera más general, la Iglesia Católica. A los maestros que enseñaron en escuelas sostenidas por las autoridades civiles de aquel tiempo los recordaron, tal vez menos de lo que hubieran merecido, los defensores de la enseñanza pública. Pero los maestros privados independientes no tuvieron quien encontrara motivos para defenderlos. El resultado es que cada vez se habló menos de ellos, hasta que se volvieron invisibles. Pero ese olvido es injusto. También ellos forman parte de nuestra tradición educativa.

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