Los tiempos que corren

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TOMÁS LINN
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En la era de la cancelación, la moda llega a Uruguay en diferido. A veces se aplica con rigor pero ante otras situaciones, se hace la vista gorda.

Esto en un mundo donde el concepto de libertad y democracia en su definición más aceptada, está cuestionado.

La campaña para la renovación del Congreso en Estados Unidos giró en torno a esos dos temas.

Por un lado, el Partido Demócrata jugó la carta institucional, pese a que algunos de sus candidatos exhiben una veta ideológica radicalizada y extremista. No es que el presidente Joe Biden lo sea (al contrario, expresa una visión moderada y tradicional) pero en algunos sectores de su partido se está dando un preocupante giro hacia la ultraizquierda. El personaje más representativo de esta tendencia es la congresista Alexandria Ocasio-Cortez.

Por otro lado están los republicanos, exacerbados en su apoyo a un Donald Trump que le importa un comino las instituciones, la libertad y la democracia, tal como lo mostró aquel fatídico 9 de enero de 2021 cuando alentó a sus seguidores a tomar el Congreso por asalto y así imponer por la fuerza, su continuidad como presidente. Fracasó pero no cede en su lucha.

En cuanto a valorar la democracia, Biden es más confiable (por lejos) que un Trump ubicado en una ultraderecha caprichosa y antojadiza, burda y tosca como lo es Trump, con pretensiones autoritarias.

Ya no importa tanto si se está a favor o contra del aborto, o del matrimonio gay, o de más o menos intervención estatal en la economía. La alternativa es más elemental y apunta a quienes están mejor dispuestos a jugar según las reglas, a respetar la Constitución y acatar la Ley. Hoy ese papel no lo cumplen, de modo alguno, los republicanos acaudillados por Trump. Se alejaron de las posturas conservadoras tradicionales expresadas por Ronald Reagan, Bob Dole o John McCain. Esto es otra cosa, muy peligrosa.

En Argentina, su calidad democrática no va mejor. El oficialismo intentó una maniobra en el Congreso para obtener un cargo más en el Consejo de la Magistratura, órgano encargado de la designación de jueces. Dividió adrede su bancada para de ese modo convertirse a la misma vez en la primera y la segunda minoría y así colocar a otro senador suyo en ese Consejo, desplazando al que le correspondía el cargo. La prensa afín celebró la picardía de tan alevosa maniobra.

No así el senador desplazado, que recurrió a la Justicia y como era inevitable que pasara, la Suprema Corte argentina le dio la razón.

El problema es que el kirchnerismo no quiere acatar. En estos pleitos, la Suprema Corte tiene la última palabra y no hay más apelaciones posibles. Sin embargo la bancada kirchnerista del Senado entiende que la Corte actuó contra la Constitución y no está dispuesta a cumplir con el fallo.

Cuando en una democracia, quienes están en el gobierno acosan en forma alevosa al Poder Judicial, esa democracia corre peligro. El kirchnerismo hace rato presiona con prepotencia a un poder independiente y no sometido a los otros dos, para lograr que Cristina zafe de las causas contra ella por corrupción.

Al igual que Trump, cree que manoseando las instituciones logrará lo que quiere y también, como Trump, no lo hace para bien de su país, ni de su partido, ni siquiera de sus compañeros, sino para beneficio exclusivamente propio.

Ante la dimensión de estas realidades, Uruguay puede decir que todo va bien. Los cruces entre oposición y gobierno son de una hostilidad llamativa, pero aún así hay reglas que se respetan y se cumplen.

Surgieron, sí, algunos casos que invitan a practicar la temida “cancelación”, pero por diferentes motivos, no llegan a ese extremo.

Uno es la situación generada por un miembro de la intendencia canaria, Javier Cha, desplazado de su cargo a causa de un twitter insultante y soez contra la “derecha”.

Gente de su entorno, e incluso el intendente de Canelones, si bien lo cuestionaron intentaron bajarle los decibles a una situación que no tiene justificación.

Lo curioso es que los grupos de presión vinculados a temas de género, no reaccionaron. El texto trasmite una virulenta homofobia por donde se lo mire. Al parecer las condenas valen solo cuando el homófobo no es de izquierda.

Hubo moderada condena, en cambio, a los dichos de José Mujica cuando se refirió a que Carolina Cosse como candidata corría con ventaja porque estaba “de moda” ser mujer.

Ahí las organizaciones no se callaron (pese a que poco dicen sobre lo que sucede en Irán) y Mujica debió pedir disculpas. Vaya uno a saber si en su fuero íntimo, no sigue pensando así.

Son los tiempos que corren. Algunos en ancas de las instituciones democráticas salen a despreciarlas. Otros creen que sus tesituras sobre determinadas situaciones son dogmas incontrovertibles y quieren mandar a los herejes a la hoguera. Otros no se dan cuenta que ciertas realidades sociales cambiaron y se expresan como si vivieran en los años 50. En medio de esto, la democracia sigue exhibiendo en América Latina, en Estados Unidos y en Europa, una preocupante fragilidad.

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