Las protestas y el “no lugar” cultural

En las aguas estancadas donde los imanes fanáticos pescan las bombas humanas que hace detonar el jihadismo, fermenta un sentimiento desolador. Es el combustible que, cuando salta una chispa, causa los estallidos sociales que encienden como antorchas automóviles y comercios.

Esos estallidos comenzaron en 1981, en Lyon, y el combustible que los detona es diferente a los de otras protestas juveniles.

El Mayo Francés de 1968 comenzó en los claustros de La Soborna contra el conservadurismo que imperaba sobre el sistema educativo. El combustible era el que empapaba al resto Occidente: la rebeldía de los jóvenes contra la sociedad de consumo, sus revoluciones culturales y también el atractivo que generaba el socialismo.

En cambio en la “revuelta urbana” que comienza en los ochenta, el combustible es el sentimiento de exclusión cultural y social de los hijos de la inmigración magrebí.

Sus padres llegaron de Argelia, Túnez y Marruecos. Conservaron su cultura musulmana y nor-africana. Pero los hijos no se sienten parte de esa cultura y tampoco de la cultura del país en el que nacieron: Francia.

En términos de identidad cultural, se sienten en un “no lugar”, aunque en un sentido más desolador que el de los “no lugares” señalados por el antropólogo Marc Augé.

Las “banlieue”, esas urbanizaciones pobres que se multiplicaron en los suburbios de las grandes ciudades francesas, son diferentes a los barrios norteamericanos a los que los inmigrantes dieron su identidad cultural: Chinatown, Little Italy, Pequeña Habana etcétera. Las banlieue son espacios huérfanos de identidad.

En esa “nada identitaria” crecen generaciones que, sin más marco que el vacío, tienen dificultad para integrarse en el sistema educativo y en el mercado laboral.

En tal intemperie crece la sensación de que la cultura francesa y las clases acomodadas sienten desprecio por esos habitantes de la nada.

Los jóvenes se sienten clausurados. Ese sentimiento hace arder automóviles y negocios. Queman lo que no pueden poseer. Y la respuesta que encuentran es una represión con rasgos racistas.

En Francia, la mayoría no es racista. Pero hay sectores de las clases medias y altas en los que prenden discursos de aborrecimiento como el de Eric Zemmour, mientras que entre los trabajadores el temor a que los inmigrantes les quiten sus puestos le abre la puerta al populismo anti-inmigrante de Marine Le Pen.

En esas franjas siempre pescaron las ultraderechas. El régimen de Vichy no tuvo apoyo de la mayoría de los franceses, pero muchos apoyaron al mariscal Petain cuando era un gobernante títere de Hitler. También fue una minoría de significativa dimensión e intensidad la que rechazó la independencia que De Gaulle reconoció a los argelinos, y apoyó la guerra sucia que libró en Argelia el Ejército Secreto que comandaba el general Salan.

Esas marcas de la historia tal vez expliquen la dificultad que tiene Francia para integrar la inmigración magrebí.

En los países vecinos también hay problemas con la inmigración, pero las crisis parecen tener menos intensidad y frecuencia. Gran Bretaña tiene como primer ministro a Rishi Sunak, descendiente de indios que al asumir juró apoyando su diestra sobre el Bhagavad Gita, uno de los textos sagrados del hinduismo. El alcalde de Londres es Sadiq Khan, hijo de paquistaníes y musulmán, igual que el primer ministro de Escocia, Humza Yousef.

Por el contrario, la clase dirigente francesa es homogéneamente blanca. Y para los bolsones racistas de la sociedad, los negros que se destacan en el futbol galo son franceses, mientras que los que se hacinan en las banlieue son “africanos”.

Ese racismo no será mayoritario pero existe y, además de manifestarse en la represión policial, ha empezado a supurar fuerzas de choque ultraderechistas.

Francia ya no coloniza buena parte de Africa, pero sostiene enclaves de economía extractivista, como la que abastece con el uranio de Niger sus centrales nucleares, que son abusivos y, aunque no son el único factor, colaboran con mantener el subdesarrollo que produce oleadas de inmigración.

Los jóvenes estancados en un “no lugar” cultural son el combustible que arde con las chispas que hace saltar la represión con rasgos racistas.

Las protestas son parte de la “marca Francia”. No es que las grandes transformaciones sociales y culturales ocurran primero en Francia, pero es allí donde estallan de manera más potente y espectacular.

La irrupción del espíritu liberal-burgués que acabó con el absolutismo monárquico comenzó en Inglaterra, con la Revolución Gloriosa que derribó a Jacobo II. La Revolución Francesa ocurrió un siglo más tarde. Pero la Toma de la Bastilla y la asamblea donde debatían jacobinos y girondinos son el paradigma de las revoluciones que incubaron la democracia occidental, porque en ella debutó el protagonismo de las masas.

En el 2018 estalló la protesta de los “chalecos amarillos” por un aumento en los combustibles. Más recientemente el incremento de la edad jubilatoria de 62 a 64 años derramó manifestaciones por todo el país. Ahora, el disparo criminal de un policía sobre un adolescente, encendió las llamaradas.

Lo que entró en combustión es el “no lugar” social y cultural que habitan los hijos de la inmigración magrebí.

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