Es sabido que detrás de un gran hombre, siempre, hay una gran mujer. La máxima aplica a carta cabal para Élida De León, la viuda del doctor Orestes Fiandra que, el miércoles pasado y a los 99 años, murió. Tuve el enorme privilegio de conocerla bien y gozar de su amistad. Casi un década y media atrás, fui el editor de un libro que ella escribió en homenaje a su marido. Médico de corazón, se llamó el texto en el que hilvanó historias y anécdotas de 65 años de vida compartida (siete de novios y 58 de casados) junto a un hombre que se ganó un lugar destacado en la Cardiología a nivel mundial.
Élida y Orestes, se conocieron en 1945 cuando Fiandra era un practicante bajo la tutela del profesor Carlos Stajano en el Hospital Maciel, y ella una hermosa joven de 21 años , que pasaba a máquina las historias clínicas de los pacientes. Fue un amor a primera vista que duró toda la vida. El matrimonio se concretó en junio 1953, en un juzgado de Belvedere .El novio llegó tarde a la ceremonia por atender a un paciente que insumió más tiempo del habitual. Desde ese día, Élida supo que tendría que acostumbrarse a vivir con un médico que se entregaba por completo a sus enfermos, al estudio y a la investigación. Tuvieron tres hijos: Alfredo, Daniel y Alicia, los varones abrazaron la profesión de su padre y hoy son reconocidos cardiólogos.
Mujer fuerte y de enorme sensibilidad, Élida fue el pilar de un hogar donde todos acompañaban y colaboraban con un padre ingenioso y de excepcional inteligencia. “Todo lo que me rodea tiene que tener una explicación”, era la máxima que guío a Fiandra y su insaciable curiosidad. Su esposa, además de encargarse de criar a sus hijos, fue su mano derecha y la compañera que entendió que la pasión por la Medicina y la entrega al estudio y la investigación de Fiandra, eran también su razón de vivir. Juntos construyeron una familia que luego se prolongaría en ocho nietos y diez bisnietos.
Élida estuvo en todas y cada una de las etapas que llevaron a Fiandra a obtener un logro fundamental para la cardiología mundial: la implantación exitosa del primer marcapaso. Sucedió en febrero de 1960 en el Sanatorio del Casmu de la calle Arenal Grande, aunque el reconocimiento internacional demoraría años en llegar. Sin ella este hito, tal vez, no se hubiera concretado o al menos hubiera demorado mucho más tiempo en alcanzarse.
Su formación cristiana se complementaba muy bien con la visión humanística de su marido. Durante mucho tiempo y hasta que pudo manejar su automóvil, iba todas las semana a un barrio periférico de Montevideo donde llevaba alimentos, ropa, medicamentos y también ayuda económica. Nunca dio detalles, ni hizo publicidad a quienes ayudaba, porque hacía verdadera caridad.
Cuando sus hijos crecieron, comenzó a pintar. Y mientras su marido se sumergía en su inagotable biblioteca, ella lo acompañaba pintando lienzos. Los domingos, a la hora de la cena, reunía a sus hijos y sus nietos en su casa de Punta Gorda. Ofrecía una comida en la que ella misma había preparado todos y cada uno de los platos. Sus nietos recuerdan esas opíparas reuniones como una fiesta. Una de las últimas veces que la visité, le habían implantado un marcapaso. Con su característico buen humor me dijo:” no podía marcharme de este mundo sin probar el invento de Orestes”.