Nuestro país ha sufrido una seca con dimensiones de castigo bíblico. No todo el país por igual: pegó distinto en la capital que en el interior. En Montevideo, más allá de las molestias por el gusto salobre de lo que salía por la canilla, la angustia era ¿se acabará del todo? ¿Para cuántos días más nos queda agua? Las fotos de la represa de Paso Severino parecían imágenes del fin de los tiempos. Pero nunca faltó el agua. O sea, angustia grande, incomodidad poca.
La situación de sequía en el interior parece igual pero fue distinta. Salvo en la ciudad de Minas no hubo peligro real de quedarse sin agua. ¿Entonces, cuál es la diferencia? Algunos números que marcan la diferencia: la cosecha anterior de soja había andado en unos 3.000.000 de toneladas, ésta fue de 800.000; el rinde del maíz que en los años buenos ronda los 5.000 quilos, bajó a unos 1.500 por há.
Hay que imaginarse el desconcierto, la impotencia y la rabia del productor rural que hizo todo bien, sembró, curó y cuidó como siempre… y perdió todo. Todo: no le quedó nada y para volver a empezar, para volver a plantar, para seguir siendo y no desaparecer, no tiene otro camino que endeudarse.
En Montevideo ha llovido un poco: pasó el pánico, lo que sale por las canillas no tiene tan mal gusto, el gobierno encaró obras de urgencia que dan base a un respiro fundado: lo más bravo pasó. En el interior, en el campo, lo que se perdió se perdió; fue mucho y no tiene vuelta.
Se habla mucho del cambio climático, de la corriente de Niño y de la Niña. De todo eso se sabe poco y se paya mucho. Pero si esta situación vivida en el 2023 se estabilizara y pasara a ser lo habitual, las consecuencias serían, otra vez, muy distintas en Montevideo que en el interior.
Montevideo está ubicado en las orillas de un río grande como mar. Nunca va a faltar agua potable para la población. Esa agua tendrá que ser tratada, el tratamiento tendrá un costo, (menor que el de Dubái o Tel Aviv) pero no faltará. Buenos Aires toma agua del Río de la Plata, no sé si tiene más o menos gusto a cloro, pero todos toman y nadie se muere de sed ni de tifus.
Para el interior de nuestro país, un cambio climático significa un trastorno colosal. La pastura del campo natural cambiará y con eso también el manejo del ganado (quizás haya que cambiar las razas), cultivos que hasta ahora se adaptaban y rendían bien habrán de substituirse por otros, todo el aprendizaje y la cultura que lo acompañó durante generaciones se perderán, la vida rural entera se verá alterada. Cambio productivo, cambio económico, cambio cultural, cambio de paisaje… No habrá ni continuidad con los recuerdos.
No es que necesariamente nos vayamos a convertir en un desierto. Requerirá adaptación: los holandeses son el segundo mayor productor mundial de alimentos y ni siquiera tienen tierra. Con tesón y voluntad será posible, pero a un costo. Costo muy grande en dinero y un costo mucho mayor en modos de vida.
No sé qué puede pasar en un futuro que yo ya no veré. Mirando para atrás, con el problema parcialmente resuelto en Montevideo y con preocupación por el interior, me reconforta la respuesta viril del paisano que hace pata ancha y vuelve a acomodar las garras. Y me irrita una vez más la pequeñez de quienes han esperado ganancia política de las crisis materiales.