Debe haber sido la entrevista más difícil que nos haya tocado hacer. Fue esta semana, en el contexto de la Summit IA Human Future, y el amigo Jerónimo Pino nos tiró la misión de charlar en vivo con Gonzalo Moratorio.
Decimos misión no por la persona. Gonzalo es un gran tipo, un comunicador nato. Pero ahora está atravesando una lucha titánica con un cáncer que le apareció en el cerebro, justo cuando había logrado concretar el sueño de una paternidad por la que él y su mujer pelearon años.
Sentarse con alguien a quien uno aprecia, y que se encuentra en una situación así, frente a un par de miles de personas, es un desafío muy complicado. Sobre todo si uno quiere evitar caer en el golpe bajo, en la explotación barata del dolor. Ni que hablar si el entrevistador es un hipocondríaco patológico, que apenas escucha que alguien estornuda en la otra punta de la redacción, corre a comprar pañuelos descartables.
Difícil saber el resultado de la conversación, aunque gente amiga nos dijo que salió bien. Pero en la misma, surgió varias veces un tema que debe ser de los más complejos que hay hoy en el país. Hablamos de la financiación de tratamientos de máxima complejidad, para enfermedades como la que padece Gonzalo.
En Uruguay nos jactamos de tener un sistema de salud amplio, generoso y solidario. Se basa en instituciones que van desde las mutualistas hasta el Fondo Nacional de Recursos, que fueron modelos y de vanguardia en su momento. Pero que, como pasa con la arquitectura de Montevideo, no hemos sabido mantener en su esplendor, y ya muestran rajaduras por varios lados. Una de ellas es la dificultad para ponerse al día con los tratamientos y medicinas de última generación, que suelen ser carísimos, y en algunos casos de resultado tan incierto que cuestionan la utilidad de la “inversión”.
En el caso de Gonzalo, como el de muchas otras personas, las medicinas que le permitirían mejorar su situación no están incluidas en el listado que financia el sistema público, por lo que debió recurrir a un mecanismo judicial y burocrático. Que si para una persona en su mejor momento ya es kafkiano, para alguien que está peleando por su vida, es inhumano. ¡Bah! Como es siempre la burocracia, y peor todavía la estatal.
Saliendo del caso puntual, el debate es dónde se pone el límite en la financiación de este tipo de tratamiento, para que no comprometa a todo el sistema. Es un tema muy complejo, porque la plata que un país como Uruguay puede destinar a estas cosas tiene un límite. Pero el avance en nuevos tratamientos, no.
Esta semana en las cartas de lectores de Búsqueda se dio un contrapunto interesante entre el constitucionalista Martín Risso y dos médicos como Homero Bagnulo y Carlos Vivas. Mientras Risso dice que se debería financiar todo lo que esté aprobado por la FDA americana, Bagnulo y Vivas aportan una mirada bastante distinta.
La conclusión, al menos para el autor de estas líneas, es simple. Es verdad que Uruguay tiene mil urgencias, y que es difícil que entre todos financiemos cosas que aparecen cada día como milagrosas, aunque a veces sean de dudosa efectividad, y que pueden comprometer todo el sistema. Pero en un país como este, donde nos gastamos millones de dólares en delirios como el pórtland de Ancap o el Correo, ¿con qué cara te parás frente a alguien que tiene en esa medicina la esperanza de prolongar o mejorar su calidad de vida, y le decís que no?
Pero el debate no es solo económico. Es también profundamente filosófico, ya que esta cuestión pone en jaque otro principio sagrado para la cultura nacional. Hablamos de la igualdad.
Acá “naides es más que naides”, y eso nos gusta a todos. Pero en el fondo, el caso Moratorio nos escupe en la cara que eso es una gran falacia. Durante la pandemia, Gonzalo y su equipo aportaron conocimiento y avances concretos que permitieron al país ahorrase decenas de millones. Sin mencionar el sostén emocional que significó para la sociedad el aporte técnico y de comunicación del grupo de científicos entre los que Gonzalo tuvo un rol central. ¿Es verdaderamente justicia tratarlo como a cualquier hijo de vecino? ¿Fue nuestro aporte tan igual como para que nadie haya ganado un crédito extra? Claro, el tema es quién asume el fierro caliente de decir “a vos sí, pero a vos no”.
Y acá aparece el gran mecanismo regulador, que suele ser anatema para nuestro estatismo genético: el mercado. La posibilidad de que la gente voluntariamente aporte (por todos lados aparecen las cuentas y formas), es tal vez el mecanismo más humano de ecualizar esta disyuntiva.
Más allá de todo eso, si el caso de Gonzalo nos obliga a encarar un debate en serio, y nos saca por un rato de las micro miserias de nuestra pelea política cotidiana, la deuda pública con él alcanzaría para pagar todo el tratamiento. Y mucho más.