La cláusula penal

La vida no es para nada lineal. Y a veces, esa especie de camino misterioso por el que nos vamos moviendo los hombres nos da sorpresas.

En otras oportunidades, en este mismo espacio he relatado la suerte que he tenido de cruzarme en el devenir de mi existencia con grandes personas -maestros- a quienes mucho les debo.

Algunos destacaron en el arte, otros en la escritura, en la política, en la filosofía, en la teología, y como no, varios de ellos en la profesión a la que me he dedicado, la abogacía.

La fortuna quiso que pudiera disfrutar -con un grado de inconsciencia del que hoy me arrepiento- de clases magistrales de Eduardo Jiménez de Aréchaga, de Enrique Tarigo, de Héctor Frugone, también de los consejos de Juan Andrés Ramírez, y de algunos otros maestros del derecho como Augusto Durán, Amadeo Otatti, Luis Muxi, Eduardo Esteva, Carlos López, Didier Opertti, Cecilia Fresnedo, Santiago Pérez del Castillo, Emma Carozzi, Eugenio Xavier de Mello, Alejandro Abal, y algunos más, con quienes tengo amistad, o aún tengo la oportunidad de aprovechar de vez en cuando de su inmensa generosidad intelectual y personal.

Pero de todos los profesores, hay uno a quien siempre recuerdo, y por quien guardo especial cariño y reconocimiento: Jorge Peirano Facio.

No alcanzan las palabras para referir la calidad humana y docente de Peirano.

Su inteligencia, su agudeza mental, su capacidad de síntesis, su habilidad para explicar y hacer entender, pero fundamentalmente su amabilidad serena y adusta que invitaba a desarrollar la vocación son inolvidables.

Con el paso del tiempo he guardado con celo sus libros sobre obligaciones y contratos a los que cada tanto vuelvo. Conservo con especial cuidado un viejo ejemplar de esa obra maravillosa y perenne que dedicó a la Responsabilidad Extracontractual.

Tengo aún en mi biblioteca varias monografías que me encomendó cuando daba mis primeros pasos, y que con una paciencia encomiable revisó una y otra vez hasta lograr que las mismas fueran algo por lo menos aceptable. “Pode acá, pode allá”, “defina, lo importante es decidir”, recuerdo que me decía al corregir con lápiz aquellos borradores.

Escribo estas líneas en agradecimiento y respeto a su memoria, y a su importantísimo legado jurídico. Y porque creo que ya es tiempo de volver a ponderar la relevante obra que nos dejó un gran hombre.

Una herencia que ya era hora que fuera revalorizada en su merecida medida. Y por cierto, esto es lo que viene a hacer con justicia esta nueva edición de la clásica obra de Peirano Facio “La cláusula penal” que con gran dedicación y excelencia han actualizado los colegas Aparicio Howard, Elías Mantero, y Alfredo Frigerio, y publicado con FCU.

No hay derecho a privar a las nuevas generaciones de estudiantes y de abogados, del privilegio de leer a Peirano.

En un mundo donde todo tiende a ser intrincado, la contundencia del viejo maestro aporta certeza jurídica y solidez. Todas cuestiones que el ejercicio de la profesión en los tiempos que corren reclama. Que nos hacen reflexionar sobre una etapa de gran sofisticación de la doctrina civil uruguaya, a la que por suerte el país esta volviendo.

Hoy podremos discutir sobre la moderación judicial de la pena, o sobre la función económica de la misma, pero sobre lo que no caben dudas, es que esta obra es la fundamental.

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