Francisco Faig
Francisco Faig

El golpe del 9 de febrero

Hoy se cumplen 47 años del golpe de Estado del 9 de febrero de 1973.

No es un aniversario más: es el primero, desde entonces, en el que la izquierda no solamente culminó su ascenso electoral que la llevó a una era de 15 años de gobierno, sino que además retrocedió a un apoyo ciudadano menor al de 1999. Sobre todo, se apresta a entregar el poder en pocos días más.

Cualquiera que estudie sine ira et studio el proceso de la caída de nuestra democracia entenderá con claridad que el golpe de Estado fue un proceso: comenzó el 9 de febrero y culminó con la disolución del Parlamento el 27 de junio. En 2013, a 40 años de la crisis de febrero y en pleno auge frenteamplista en el poder, hubo por lo menos dos corajudos libros que describieron esa crisis: el de Lessa, “El pecado original”; y el de Gramajo e Israel, “El golpe de febrero”. Los dos señalaron claramente que aquello había sido el inicio del golpe.

Pero en general, el problema es que febrero de 1973 ha sido muy ninguneado. El relato hegemónico, el que mal que bien conoce un poco la ciudadanía, extendido en libros de texto y en manuales de historia que narran esos años, casi ni lo menciona. Y seguramente sea razonable dar mayor importancia simbólica al cierre del Legislativo en el invierno, que al alzamiento militar del verano previo que no logró hacer caer al presidente. Empero, si no se tiene claro lo que pasó en febrero, no se entenderá bien lo que ocurrió luego en junio.

Hay un motivo político para tanto disimulo por parte de quienes hacen la historia de esos años y que, en verdad, casi siempre comulgan ideológicamente con el Frente Amplio (FA). Lo que pretenden ocultar es que en febrero de 1973 la gran mayoría de las principales figuras de la izquierda y del por entonces recién formado FA, no defendieron la democracia. Por el contrario, se alinearon tras los militares golpistas.

Seregni; Michelini; el Partido Comunista, con su órgano de prensa oficial lamiendo con esmero las botas militares-populares; buena parte del sindicalismo, que fue seducido sobre todo por el comunicado N° 4; la principal dirigencia del Partido Demócrata Cristiano, clave en la arquitectura electoral del FA; y otras figuras de izquierda, muchas de ellas que se decían independientes: todos ellos, en plena crisis, respaldaron lo que creían era un camino de esperanza abierto por los militares alzados, y quitaron todo apoyo al presidente electo y legítimo que era, en ese entonces, Juan María Bordaberry.

Sin esa jugada de febrero, en la cual los militares golpistas midieron el escuálido compromiso democrático de la izquierda y también los escasos respaldos políticos del presidente, no hubiera existido la arremetida contra el Parlamento que culminó el 27 de junio.

Silenciar lo de febrero fue clave, en este casi medio siglo, para establecer los mojones de un relato mítico que proveyera de legitimación al FA en tanto fiero opositor a la dictadura. Porque si los hechos de febrero se hubieran ventilado al detalle, la fábula de la izquierda como adalid de la democracia se hubiera derrumbado sin remedio.

Se abre un nuevo tiempo para el país. Ojalá sea también un tiempo en el que se termine con la profusión de este relato, pantomima de la Historia, escrito al servicio político del FA.

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