Feijóo, la esperanza

Los españoles y descendientes de españoles que vivimos en la diáspora tenemos una importante ventaja comparativa con quienes nunca salieron de la península ibérica o residen permanentemente allí.

Esta es la de la homogeneidad.

Característica que se ve representada en la caricaturesca anécdota de que los locales denominen como “gallegos”, no solo a los que lo somos, sino también a vascos, catalanes, extremeños, valencianos, andaluces, y a todo lo que se mueva que provenga de España.

Seguramente las penurias de la emigración que en mayor o menor medida y a cada uno en la que le tocó tuvieron que padecer nuestros ancestros nos emparejaron en lo que hace a nuestro sentir de la españolidad.

Es difícil encontrar en la diáspora el cuento de que en realidad España no es solo una, sino dos, o varias.

Cada uno de nosotros, los españoles de “la colonia” sentimos amor por nuestra madre patria, la que evangelizó Santiago, la que eligió María para obrar su histórico milagro en el Pilar, la que consolidaron Fernando e Isabel, uniéndola, recuperándola, expandiendola por más de medio mundo, y llevando en ese avance la modernización, la educación, el derecho, los derechos humanos, y la prosperidad a innumerables pueblos. Vibramos de emoción con su cultura, con su música, con sus tradiciones, anhelamos su gastronomía porque nos reconforta y nos reconcilia con nosotros mismos y con nuestra identidad individual y colectiva, y nada de todo esto nos impide a la mayoría ser lo que somos, de nuestro pueblo y de la patria, sin ser ni sentirnos desdoblados o bipolares.

Los últimos años han sido duros.

España ha sufrido. Los españoles hemos padecido. Ya poco importan las causas, y a estas horas no es productivo ponerse a buscar culpables. Lo que interesa es recuperar el talante de concordia y de unidad que una y mil veces hizo del pueblo español uno de los principales actores de la historia.

Hoy son otros los desafíos, las naciones evolucionan, y en ello deben acompañarlas los liderazgos, porque no alcanza solo con ostentar el poder.

Un líder tiene que tener claro que hay valores subyacentes que no pueden ignorar.

Un verdadero conductor debe tener claro que pelear batallas contra los muertos no conduce a nada, que las verdaderas guerras que vale la pena luchar son aquellas que traerán más prosperidad y más futuro.

Como se sabe, la culpa es de Rousseau, y gracias a este los líderes temporales se podrían clasificar como ha dicho Kissinger en estadistas o profetas.

España ya ha probado las recetas de estos últimos, es tiempo de buscar un estadista que lleve con mano experiente el timón de ese gran barco.

He trabajado, trabajo, y así seguiré haciéndolo para que el próximo Presidente del Gobierno de España sea mi paisano Albertiño, Alberto, Núñez, o Feijóo, como se le conoce actualmente.

Obvio que no soy imparcial, y que me gustaría verlo ganar con mayoría absoluta.

Pero mucho más que eso, me encantaría ser testigo de un tiempo nuevo, de una España reconciliada consigo misma, orgullosa, moderna, unida, y mirando al porvenir.

Así podremos construir un mañana, donde quizá otra vez nunca más se ponga el sol.

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