Pasan las décadas y seguimos sin concretarlo. Una vez más, al más alto nivel se intenta alcanzar, en Bruselas, un acuerdo de estrecha colaboración entre la Unión Europea y el Mercosur.
Se sabe lo complejo que resulta concretar esta clase de alianza debido a los múltiples intereses en juego, a las presiones que interactúan, y hasta la injerencia que suele registrarse de posturas ideológicas intransigentes.
Pero por encima de ello prevalecen los numerosos beneficios socioeconómicos que se procuran conseguir, y que deben marcar el norte de las negociaciones. En este caso ha trascendido que la postura europea -encabezada por Francia- centra en aspectos ambientales, algunas objeciones consideradas claves para arribar a cualquier clase de acuerdo.
Detener la deforestación amazónica se erige como el obstáculo sine qua non. Aunque para muchos analistas se trata de una excusa para trancar las negociaciones, en lugar de centrar las objeciones en el histórico proteccionismo agropecuario europeo, frente a la amenaza que ven en una región de producción agrícola-ganadera como lo es la que conforman Brasil, Paraguay, Argentina y Uruguay.
El presidente Lula ha expresado que es optimista para que el acuerdo se cierre antes de fin de año porque, entre otras consideraciones, manifestó que su gobierno asumió el compromiso de alcanzar para 2030 la deforestación cero en la Amazonía.
¿Serán suficientes estas expresiones de voluntad dichas en la dirección correcta?
¿Los 27 países que integran aquella asociación económica y política, aprobarán un acuerdo con el Mercosur, tomando en cuenta el elevado nivel de subsidios que rige en parte de su producción, y que deberían caer?
Nadie sabe si están dadas las condiciones para la superación de estos obstáculos permitiendo la concreción y firma de un documento histórico capaz de reunir las condiciones necesarias para materializar una estrecha y beneficiosa cooperación entre los dos importantes bloques.
A su vez el contexto internacional está presionando a la Unión Europea para que entre en acción, asumiendo un protagonismo mucho más decidido y marcado. Porque China desde hace tiempo lleva adelante una política de expansión estratégica, basa- da en el enorme atractivo que resul- ta para nuestra región, la llegada de voluminosas inversiones desde el exterior.
Desde luego, Europa debe mantenerse fiel a sus férreos compromisos ambientales, que incluyen una marcada lucha contra el cambio climático, la imposición de las energías limpias y renovables, y la protección de la diversidad biológica sin escatimar esfuerzos.
Son tiempos de cambio y transformaciones que nuestro país -y el bloque- debe aprovechar sin ninguna vacilación. No solamente en lo que tiene que ver con lograr un mejor ingreso al gran mercado europeo -en condiciones bastante más ventajosas que las actuales- sino también para concretar inversiones de elevada calidad tecnológica que permitan, al mismo tiempo, alcanzar objetivos de formación, de modernización, de crecimiento y de desarrollo sostenible.
¿Despertará de una buena vez el Mercosur o seguiremos languideciendo en su exasperante parálisis?