España sufre una crisis que no es solo política y económica. Se trata de una fractura del ser nacional. Lo que está en disputa no es el programa del gobierno. Es si España seguirá siendo la que siempre fue: una nación real, histórica, única e irrepetible en Occidente.
Julián Marías lo profetizó. Al preguntarse sobre los antecedentes de la guerra civil, reveló lo que la hizo posible: la división del país en dos bandos irreconciliables, la identificación del adversario con el mal absoluto, y la firme voluntad de eliminarlo del universo político. Da miedo ver que esas mismas actitudes son la práctica de un gobierno que ha transformado la ruptura constitucional en método.
Este proceso no es casualidad. Obedece a una lógica construida: sustituir el marco constitucional a través de prebendas al separatismo, y arquitectura -porque no es ingeniería- social de amplio espectro. Se destruye la igualdad entre españoles, se parte en pedazos el territorio, se somete a la justicia, y se reescribe la historia. Se ha instaurado la ruptura, y esto ha sido consumado sin el concurso de los españoles.
Pero a la ruptura interior se le adiciona una presión ideológica del exterior. La Agenda 2030 no es un proyecto inocuo: es la manifestación de una nueva visión antropológica que niega -una vez más- el sentido de trascendencia del hombre, destroza la familia y somete las soberanías nacionales a élites tecnocráticas no elegidas. Destruye el paradigma de Westfalia. El hombre ya no es una criatura libre hecha a imagen y semejanza de Dios, sino un objeto a gestionar -o modificar- hacia una pretendida perfección puramente material y volitiva.
Jaime Mayor Oreja sostiene que España necesita un rearme moral antes que económico o militar, igual al que Churchill arengó ante la amenaza nazi: una movilización de la conciencia nacional. Y lleva razón. España no podrá defenderse si antes no se reconoce a sí misma.
Y puede hacerlo porque le sobran los motivos. Como dijo Marías, España es una nación plenamente europea que eligió la europeidad cuando hubiera podido optar por otro camino. Generó una lengua universal. Dio a luz una cultura sin igual. Regaló al mundo la Hispanidad. Ese bagaje no puede ser causa de complejos: es el germen con el cual España puede volver a encontrar su lugar en Occidente.
El rearme moral no es nostalgia: es volver a las bases. A los principios del Cristianismo como eje civilizatorio, a la familia como base fundamental, a la libertad individual frente al colectivismo masificador, a la nación como proyecto de todos. Así, España tiene un rol fundamental en Iberoamérica. Cuatrocientos millones de hispanohablantes aguardan por ese liderazgo. Si abdica -dejando su política exterior en manos del globalismo ideológico-, ese espacio lo tomarán potencias con proyectos antagónicos a Occidente.
Escapar del abismo no va por ceder ante quienes pretenden disolver la nación ni por adoptar agendas que desvirtúan la naturaleza humana. La nación que evangelizó un continente entero, que fue cuna de Cervantes y Velázquez, que fundó ciudades desde América del Norte hasta los confines de la Patagonia, tiene todo lo que hace falta para liderar el cambio cultural que Occidente e Iberoamérica necesitan. Solo le falta voluntad.