Elogio del aburrimiento

Eso de que estamos ante una campaña aburrida, y que no moviliza a la gente, se escucha todos los días. Hay allí una verdad y una mentira.

La mentira es lo del aburrimiento. La verdad, y lo hemos planteado otras veces aquí mismo, están pasando muchas cosas interesantes en el panorama político en esta campaña, que tal vez pasan desapercibidas al analista ligero, que solo tiene interés para encuestas e insultos altisonantes. Por ejemplo, la “socialdemocratización” del MPP, el viraje a la centroizquierda del Partido Nacional, el giro a la inversa del colorado y su apuesta a cuestiones como los derechos animales o la salud mental. Ni que hablar del futuro de Cabildo Abierto, que comenzó a todo vapor en la elección pasada, y ahora los sondeos lo muestran en un lugar preocupante. ¿Qué va a pasar con el Partido Independiente? ¿Llevaremos los uruguayos al Parlamento a un empresario de la indignación como Salle?

Se trata de cosas que cambian profundamente el escenario político del país, y que si uno se toma un mínimo trabajo de pensar, se da cuenta que de aburrido, no hay tanto en esta elección.

Lo que sí es verdad es la poca movilización popular. Nunca en la historia del país, al menos desde el regreso de la democracia que es lo que este autor puede recordar personalmente, se vio tan poca pasión en las calles. Casi no hay “balconeras”, los actos no llevan gente, y hasta el famoso banderazo del FA, que siempre sacude a la capital del país, pasó desapercibido el pasado domingo.

Claro que hay razones para ello. La primera, la que dice todo el mundo con pose de inteligente, es que los candidatos “no mueven la aguja”. Discrepamos. Es verdad que Delgado, Orsi, Ojeda o Mieres, no tienen el carisma, el perfil universalista, o la verba enardecida de un Sanguinetti, Mujica o Lacalle Herrera. Pero parece injusto atribuir la falta de interés popular al perfil de los candidatos, cuando hay otros aspectos tan obvios que confabulan para que ello ocurra.

El primero es la situación del país. Si vemos todos los números que importan al ciudadano de a pie, la cosa está más o menos bien. La economía, el empleo, los temas sociales, están notoriamente mejor que en 2019, cuando se decidió un cambio de rumbo. Encima en medio tuvimos una pandemia, que de alguna manera justifica a ojos del uruguayo más o menos crítico, algunos “debes” en la administración que está terminando.

A ver, no somos Noruega, claramente. Pero no hay ambiente de enojo o crisis. A tal punto, que el candidato opositor dice a quien quiera escucharlo que no habrá cambios drásticos si lo eligen.

Tampoco estamos en un momento del mundo donde haya modelos muy disruptivos que compitan por el fervor de la gente. Hay matices dentro de lo que una mayoría entiende es el camino natural al progreso de una sociedad. O sea, un capitalismo racional, con democracia liberal, y un poco de amortiguación estatal para los que no se adaptan. Dentro de ese esquema, la competencia parece más bien para elegir un gerente eficiente, que un líder que enamore. Incluso las olas de malestar con el sistema que se ven en algunos países del primer mundo no parecen tener su reflejo acá.

La política no deja de funcionar con ciertas reglas de mercado como el resto de las cosas. Y si en la sociedad no hay apetito para discursos apasionados, o para recetas refundacionales, los dirigentes políticos se van a adaptar al requerimiento popular.

Es en esa pelea de grises definida por la sociedad que se han tenido que mover los candidatos, siempre con más miedo a lo que pueden perder que ganar. Con la excepción de Ojeda, que está aprovechando su bala de ser novedad. Aunque ahora que llega la recta final, y si le creemos a las encuestas, parece que algunos tendrán que activar un poco más su faena para poder rematar con impulso.

Con esto de la campaña aburrida, pasa como con el costo país. Todo el mundo se queja de que Uruguay es un país caro. Pero la realidad es que si uno mira los países “baratos”, casi ninguno es un lugar muy edificante para vivir. Acá pasa lo mismo, ¿quiénes tienen política “divertida”? Argentina, sin dudas. ¿Usted querría tener un sistema político como ese?

Ahora bien, hay un problema peligroso que este elogio del aburrimiento que venimos haciendo no termina de encarar. Y es que el país tiene una serie de desafíos muy profundos, y su enfoque no es simple, armonioso ni gratuito, ya que implica afectar estructuras y privilegios que vienen de décadas. Y este ambiente político tan pastoril, no parece proclive a atacarlos.

De hecho, Lacalle Pou se la jugó fuerte a cambiar la seguridad social, sus socios le sacaron bastante carne al proyecto, y ahora medio país parece no sólo dispuesto a tirarla abajo, sino a llevarnos 30 años para atrás.

Por momentos esta política aburrida invita a la alegría. Por otros hace acordar a aquello de la rana con el agua tibia.

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