El pacto de la penillanura

"Una penillanura, suavemente ondulada”.

Algo así decía uno de los clásicos textos escolares de mi juventud, prologando una descripción del Uruguay que se transformó en un símbolo: el país “quieto”.

Carlos Real de Azúa lo llamaba “el país de cercanías”, dotado de un núcleo de habitantes que detesta profundamente los excesos y las innovaciones.

En su libro “El Despegue”, Nicolás Batalla y Gabriel Oddone hablan de un pacto uruguayo: “…el pacto social implícito es postergar reformas” … “el Uruguay ha basado buena parte de su modelo de convivencia en rechazar los cambios” (pág. 15).

Si mal no recuerdo, Real de Azúa utilizaba la expresión “sociedad amortiguada” (En su libro: “El impulso y su freno”).

José Mujica, fiel a su estilo “lunfa”, decía, “la barra no me la lleva” y cualquiera que haya vivido la changa de tratar de gobernar, sabe perfectamente de qué se está hablando.

El Consenso.

El famoso Consenso. El Gral. Seregni era adicto al concepto y la izquierda lo tiene por principio cardinal.

Cuando se interroga a dirigentes del Frente Amplio, de la rama sensata, acerca de qué los diferencia de las posturas y propuestas de otros, por ejemplo, de los partidos fundacionales, suelen echar mano al argumento de que aquéllos creen y practican más el consenso, (que, en su relato, equivale a “solución indolora”).

Todo bien.

Pero qué se hace cuando uno ve que pasan los años y se habla y se habla de las mismas cosas, sin que se consiga sacudirlas y cambiarlas?

La penillanura se va pareciendo más y más a un pantano.

¿Quiénes son los actores del Pacto de la Penillanura?

Batalla y Oddone mencionan en el libro citado la colusión de intereses entre los sindicatos y los empresarios protegidos, a los que se pueden sumar los burócratas estatales.

Todo en el marco de una economía chica y proteccionista, en la cual gravitan muy fuerte las actividades que no compiten internacionalmente y poco de fronteras adentro, las llamadas no transables.

Suelen tener pocos estímulos para el cambio en profundidad y saben que pueden recurrir a “argumentos sociales” cuando la cosa aprieta.

Entonces, si empresarios, sindicalistas y burócratas se aferran al statu quo, (eso sí, reclamando cambios continuamente) y todo eso discurre en una población envejecida, ¿cómo hacemos para incorporar los cambios que la realidad exige?

Porque existe algo más allá de la penillanura. Una realidad que, aunque más tarde que temprano, llega.

¿Es viable con esos factores alcanzar los necesarios consensos transformadores?

No es infrecuente echar las culpas del inmovilismo que padecemos a los políticos, lo que tiene mucho de injusto.

Es cierto que, como lo confesó explícitamente Mujica, si el ambiente viene de no hacer olas, la tendencia del político será de hacer la plancha.

Pero también es cierto (y lo afirmo con bastante conocimiento de causa), que cuando hubo gobiernos -democráticos- que se la jugaron a fondo, al mirar a sus espaldas vieron que buena parte de la opinión pública los había dejado solos.

Pienso en la experiencia de las reformas de Azzini y del gobierno Lacalle Herrera, (notoriamente con la ley de empresas públicas y las iniciativas de reforma previsional).

La gente aplicó aquello tan popular de “allegro ma non tropo”.

Ahora, el problema está en que, con el tranquito de la penillanura, se nos está escapando la tortuga. Gabriel Oddone en el citado libro lo dice más técnica y elegantemente: “si Uruguay sigue creciendo a su ritmo histórico, comprometerá el confort de sus habitantes y pondrá en riesgo los niveles de cohesión social que lo han distinguido…”

Dicho en términos más brutos, el consenso nos va llevando, suavetón pero sostenidamente, al fracaso.

La sociedad amortiguada de Real de Azúa va rumbo al porrazo.

Políticamente es casi imposible iniciar cambios sin bases consensuales más o menos amplias. Está bien.

Pero si alguien no empieza a sacudir la complacencia que sustenta el Pacto de la Penillanura, vamos camino al horno.

Y no sirve echarse para atrás en la rueda del café diciendo que es tarea de los políticos. La barra tiene que despabilarse.

Y todos aquellos (lideres políticos, dirigentes empresariales y sindicales, sociedad civil, periodistas, educadores, académicos, etc...), con acceso a un atril o un medio, tienen la responsabilidad de hacerlo saber.

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