rró nuestro presidente al proponer fundir la ominosa máscara de popa del crucero alemán Admiral Graf Spee para convertirla en un símbolo de paz. Sin embargo, ante las críticas que la medida suscitó, en una inusual demostración de tolerancia-cuando nada es tan común como el empaque porfiado de quienes ostentan el poder-, revisó su decisión.
El águila, símbolo de soberanía desde la remota antigüedad pasó al Sacro Imperio Romano Germánico a través de Roma, convirtiéndose primero en el signo identificatorio de la Alemania monárquica y luego del Tercer Reich, donde profundizó su raíz mitológica. Se la identificaba en el ámbito espiritual, con el sol, el fuego y la luz, así como con la virilidad zoológica que el nazismo pretendió representar. Cuando este partido alcanzó el poder, ordenó que la paloma sostuviera entre sus garras una esvástica rodeada por hojas de roble, vinculando a Alemania, representada por el águila, con el movimiento nazi, identificado con el símbolo rúnico.
Por su parte, Hitler escribió en su “Mein Kampf” que la esvástica simbolizaba “la misión de combate por la victoria del hombre ario así como el triunfo del trabajo productivo, eternamente antisemita.” No casualmente el diseño de las gorras de las SS, las divisiones más despiadadas del ejército germano, se distinguían por el águila planeando sobre una calavera apoyada en tibias cruzadas. El triunfo de la raza aria sobre la muerte.
Actualmente la esvástica y sus aderezos, rebajada su inserción original, refleja un suceso macabro, carente, a su escala, de precedentes en la historia: el asesinato deliberado de millones de seres humanos en aras de la pureza racial. Por ello, considerar el águila nazi como una representación, entre otras, del mal absoluto, como hizo Lacalle, no fue un desatino.
El error fincó en proponer destruirla, en la pretensión de hacer desaparecer un objeto que actualmente representa la indecible crueldad del régimen nazi, su racismo, su belicismo, su anti-humanismo, su despotismo, su enajenación criminal.
Con esa finalidad fue creada la esvástica: generar pánico ante su sola presencia al encarnar un régimen contrario a la civilización y a los valores de la especie. Una iconicidad que con la derrota nazi ha invertido su función. Hoy verla, es repudiarla.
Durante decenios el águila de popa del crucero, hundido en nuestro barroso estuario nada significó, apenas una boya que señalaba el peligro de un pecio. Rescatada, resurge como otro recordatorio de los abismos que puede alcanzar el ser humano. Fundirla, sancionando su ocurrencia, carece de sentido, supone borrar retroactivamente huellas del nazismo, como si valiera destruir Auschwitz o Dachau, ominosas arquitecturas que perviven recordando el dolor y de muerte de millones de seres.
Ningún genérico símbolo de paz puede cumplir estas mismas funciones. La paloma busca hacerlo, porque en 1949 Pablo Picasso, por entonces un estalinista convencido, la reprodujo a esos efectos. No necesariamente por su naturaleza.
Por lo contrario, águila y esvástica constituyen por sí mismas, por su siniestro origen, por su perversa iconicidad la inmediata presencia del mal. Preservarlas y exhibirlas contribuyen a rechazar su regreso.