El camino uruguayo

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francisco faig
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Hoy se cumplen dos años de la detección de los primeros casos de personas con covid-19 en Uruguay. La forma en la que enfrentamos ese desafío debe ser bien descrita y destacada.

El camino que se tomó fue completamente excepcional si lo analizamos a la luz de la experiencia comparada. En efecto, en la gran mayoría de los países, inclusive en aquellos en los que rigen democracias liberales consolidadas, el imperativo sanitario fue interpretado con instrumentos prácticos ferozmente liberticidas que violaron las garantías individuales más preciadas.

Pasamos dos años en los que no hubo prácticamente ningún país en el mundo que oficiara de espejo en el que se reflejaran los valores liberales que fundan lo mejor de la convivencia social occidental. Casi ninguno logró armonizar las exigencias de una racionalidad sanitaria que ciertamente demandaba cuidados particulares, con imperativos éticos y políticos más amplios, en un contexto en el que, además, nadie debió enfrentar, jamás, a una pandemia covid-19 altamente mortífera para toda su población.

El excelente ensayo del joven y valiente intelectual francés Mathieu Slama, “Adieu la liberté. Essai sur la societé disciplinaire”, publicado en enero pasado, deja en claro este terrible fracaso político de las democracias en Europa. Pero la orfandad en Occidente también fue intelectual: “la traición de los clérigos”, que recuerda a Benda, involucró a respetadas voces izquierdistas como Chomsky, Rancière, Badiou, Zizek, Butler, Latour, Nancy o Rosanvallon, por ejemplo, que no lograron dar en el clavo de lo que realmente estaba ocurriendo (se destaca, como excepción notable, el italiano Agamben).

En este contexto tan negro, el camino uruguayo significó un faro de libertad y respeto por el estado de derecho y las garantías individuales, a nivel mundial. Aquí el gobierno explicó claramente los riesgos y sugirió con firmeza comportamientos sociales de precaución.

Pero no obligó a nada: no hubo, por ejemplo, ni encierros forzados, ni pases sanitarios estigmatizadores, ni diferenciación en la escuela entre niños vacunados o no.

El norte fue respetar la libertad responsable individual: tratar a la gente como adulta capaz de discernir lo mejor para sí misma; apoyarse en la ciencia, pero no adherir a una especie de dictadura de los médicos como ocurrió en otras partes; multiplicar ayudas y hacer que el Estado esté bien presente tanto en la red sanitaria como en las prestaciones sociales, pero nunca parar la economía liquidando tejidos sociales y comerciales claves.

El uruguayo, con hondo y avezado sentido político (y mucho más amante de la Libertad de lo que muchos hubiéramos creído), respaldó el camino del gobierno. La Coalición Republicana, sin fallas, también lo sostuvo. Pero hu-bo sobre todo una definición conceptual y filosófica, y un coraje en la determinación del rumbo a seguir, que nuestras proverbiales mezquindad y envidia nacionales jamás reconocerán sin traumas: se trata del protagonismo del presidente Lacalle Pou. Dicho de otro modo: sin el liderazgo de Lacalle Pou no hubiera habido camino uruguayo propio y ejemplar.

Es bueno que reconozcamos qué nos distinguió en estos dos años del resto del mundo. Y estar sincera y serenamente orgulloso de ello.

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