Ediles, narcos y demagogos

La demagogia suele ser el gran vicio de la política. Una de las cosas que más contribuyen a que la gente desprecie a la “casta” dirigente. O eso nos gustaría creer, porque más veces de las que sería saludable la demagogia no solo es aplaudida por la gente, sino que la misma sociedad la practica con alegría.

El reciente episodio de esta mega-super-recontra operación policial contra un Pablo Escobar charrúa pone en evidencia cómo el flagelo de la demagogia es más democrático de lo que parece.

El asunto tuvo varias “patas”. La primera fue que uno de los implicados en esta operación era “asesor” de un edil montevideano de la lista 250 de Jorge Gandini. A esto se sumó la filtración de que la policía investigaba si ese asesor de edil usaba un local de cobranzas de la esposa de Gandini para lavar su dinero malhabido.

Mínimo paréntesis. La “filtración” vino del mismo personaje, que antes solía filtrar cosas de la Fiscalía gracias al par de años que pasó allí con una beca estatal organizada por el hoy prosecretario de Presidencia. Como en Fiscalía parece que le cerraron las puertas, ahora apuesta a la Policía, aunque en el ínterin ponga en riesgo a varios jerarcas y agentes.

El asunto es que la fiscal informó que por ahora no hay investigación alguna contra Gandini, a quien se obligó a hacer un strip tease público de su vida y finanzas, (y hasta explicar por qué el año pasado no declaró un pufo de Conexión Ganadera).
De manera ya penosa, el sistema mediático sigue bailando al ritmo de un operador que gana dinero explotando la liviandad o complicidad de sus excolegas.

Volvamos a lo serio. Sobre todo esto de los narcos y la política se han escuchado todo tipo de disparates. Desde dirigentes del FA acusando a los blancos de ser un “narcopartido”, hasta sesudos analistas flagelándose por la influencia de la droga, pasando por la periódica demanda de una ley de financiación de los partidos.

Punto uno, no hay evidencia alguna (seria) de influencia narco en la política uruguaya (en ningún partido) aunque parecería que algunos están deseando que pase. Punto dos, el partido cuyo tercer máximo jerarca defendió penalmente a narcos, no debería hablar livianamente del tema. Punto tres, parecería que lavar plata en Uruguay es una papa, pero después vos querés sacar 25 mil pesos de tu propia cuenta (¡tu plata!), y tenés que invertir dos días haciendo gira por cajeros y redes de cobranza, como si fueras un delincuente.

Un último punto. Sugerir que hace falta una regulación mayor del dinero que mueve la política implica hacer un planteo serio de fondo. Y este planteo debe tomar en cuenta que los modelos que se ponen como ejemplo no logran eliminar la influencia del delito, ni son más eficientes. Y si no vea lo que ha pasado en esta campaña de Brasil, que suele ser puesto por varios como el ejemplo ideal.

Hay allí otro temita a tomar en cuenta. Y es que hay partidos donde su estamento militante está dispuesto a trabajar por un tercio de lo que vale ese trabajo. Y aportar la diferencia a su partido, o directamente asumir el sacrificio en forma personal. Todo muy lindo, pero eso termina poniendo en cargos clave a gente que no tiene ni remotamente la capacidad para ejercerlos. Algo de lo que hoy hay decenas de ejemplos.

¿Qué es más negocio para el país? ¿Tener a un jerarca o legislador formado, capaz, y que sabe de lo que habla, ganando lo que amerita el cargo? ¿O a un militante por mitad de precio, y que vuelca la diferencia a su sector?
Esto nos lleva al tema más deprimente de todo este culebrón aldeano y vintenero.

Hablamos del “destape” de que existe un sistema de financiamiento paralelo irregular (e inmoral) en las Juntas Departamentales. Donde, como los ediles son “honorarios”, y nadie puede hacer un trabajo serio de ese tipo gratis, se ha inventado un sistema de pagos a asesores, que todos sospechamos que se termina usando para pagar a los propios ediles.

Esto es inaceptable y merece una investigación a fondo. Pero también requiere una aceptación por parte de la sociedad de que nadie trabaja gratis. A menos que se haga como aquella frase histórica de que “ellos hacen como que trabajan, y yo hago como que les pago”. No se puede seguir con la demagogia generalizada de un día indignarse por el nivel de nuestra política, y al siguiente exigir que se paguen migajas a quien la ejerce. Que hay que achicar el costo del sistema político y estatal no hay dudas. Pero al que labura, hay que pagarle lo que merece.

Una última reflexión. Vivimos tiempos complejos para la política. Existe en la sociedad un malhumor creciente, y un desprecio por esta actividad, que en nuestro país no tiene tanta justificación como en otros. Los que tienen un poco de formación e ideales democráticos deben hacer un esfuerzo por cuidar a la política.

El gran problema es que nuestros dirigentes de todos los partidos, demasiadas veces, no ayudan ni un poquito.

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