Desde Frade, sin permiso

Se fue Julio Frade. Trabajó hasta tres meses antes de sucumbir. Nunca estuvo inactivo. Pianista de fuste, se consagró como actor en Telecataplum. Allí, sus diálogos con Pelusa Vera, su Palabra de un hijo de Buda, los decretos de El Chicho y su Abelardito fueron desternillantes. Su caricatura de Adela Reta la festejaba hasta la propia Ministra.

Nunca se echó a dormir en los laureles. Músico siempre, hizo clásicos sus dúos con el inolvidable Panchito Nolé. Y además fue Director de Canal 5, dueño de restaurante en Avenida Arocena y después en el Puerto; y fue Gerente de Radio Oriental, donde extendió por años su “Frade con permiso” hasta que se aquerenció en Radio Clarín, donde tuvimos un reencuentro hondamente fraternal.

Precisemos: el Diccionario registra “frade” como sinónimo de “fraile”, y aclara que proviene de “fraire”, palabra del occitano -dialecto del sur de Francia- que, a su vez, deriva del latín “frater”: hermano. Y Frade era eso, hermano de todos en la casa común de la religión del humor, que convierte en reliquias los recuerdos de carcajadas henchidas de mensajes.

Por eso, se lo despidió fraternalmente con un remezón de evocaciones, que nos retrotrajeron a un Uruguay cuyas pantallas no estaban ensangrentadas por los homicidios nuestros de cada día.

Nos revivieron los largos tiempos en que nos unía el humor, que, al juguetear con los valores, terminaba afirmándolos por encima de clases, ideas, militancias y credos.

Se ha dicho y repetido que con Frade se fue el último representante de la época de oro del humor nacional. Y es cierto: en una estela que tenía talentos como Isidro Mas de Ayala, Wimpi y Peloduro, cuando pasaron de la revista Lunes a la televisión, Los Lobizones Scheck dieron un salto cualitativo: impusieron un modo de mirar que se transformó en actitud crítica nacional.

Esa mirada y esa actitud no han muerto. Se refugian en cultores como Kid Gragea, Diego Del Grossi y una pléyade de humoristas de salón que abrazan la noble profesión de salir por calles y caminos, a rescatar almas venciendo opacidad y tedio.

El arte y el humor son ampliaciones de la conciencia. Como los seudópodos de las amibas y los fotones de la física cuántica, igual que el Gusano Loco de Wimpi, el arte y el humor generan el chispazo eterno de la apuesta a lo imprevisible.

Enseñando a sentir y pensar claro sobre lo no pensado ni sentido antes, educando en empuñar farol entre absurdos y tinieblas, el arte y el humor le imprimen vida y proyecto a las rigideces de la chirle existencia diaria. Nos educan para responder desde mucho antes que se inventara la autoayuda y se calcara del inglés la palabra resiliencia. Es que, como enseñó André Malraux, “El arte es un antidestino”.

Por eso, uno siente que hace falta restablecer la música y el humor ascensional en que Frade brilló con los mejores, para poner armonía donde hace años hay caos y para restablecer valores donde el relativismo y la pereza mental todo lo embadurna.

Si, como bien dijo el Presidente Yamandú Orsi en Nueva York, la democracia enfrenta el desafío de regir “sociedades que se caracterizan por la disconformidad y la desesperanza” es porque hemos vaciado a la criatura humana y hemos cosificado a la persona.

Por lo cual, tenemos temas de orden público espiritual en los cuales Frade seguirá siendo compañero de batalla, para unir en obra y alegría lo que la historia dividió, como canta Beethoven al final de su 9ª sinfonía. Y como necesitamos, a gritos, en el Uruguay.

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