¿De dónde es un jugador?

En 1998, cuando Francia ganó su primer mundial, millones de personas celebraron esa selección liderada por Zidane, hijo argelinos, integrada por jugadores de raíces africanas, caribeñas y europeas. Representaba una Francia moderna, abierta y diversa. Pero para otros la victoria no disipó la discusión de su pertenencia.

Un 2 de julio de 1916 en Buenos Aires se jugó el partido inaugural de la primera Copa América de la historia. Uruguay le ganó a Chile 4-0 y la gran figura fue Isabelino Gradín, autor de dos goles y luego máximo goleador del torneo. Junto a él estaba Juan Delgado. Ambos eran uruguayos. Ambos eran negros. Incapaces de explicar la superioridad de los jugadores, medios chilenos afirmaron que no eran realmente uruguayos.

Al final la delegación chilena debió retractarse.

Por estos días, en los partidos del Mundial 2026 es habitual escuchar a los comentaristas hacer referencia a la cantidad de jugadores no nacidos en el país al que representan, con Marruecos quizás como caso más emblemático. La pregunta de fondo es ¿cuándo se encarna la identidad de una nación? Vivimos en países cada vez más diversos, con ciudadanos globales, intercambios culturales y trayectorias que cruzan fronteras. Pero que al mismo tiempo endurece políticas migratorias y sigue recurriendo a imágenes herméticas para definir quién pertenece y quién no.

Hace más de 4 décadas, el historiador Benedict Anderson decía que las naciones son “comunidades imaginadas”. No porque sean ficticias, sino porque existen en la medida en que millones de personas deciden reconocerse mutuamente como parte de una misma comunidad, aún sin conocerse. La clave de la pertenencia no está en la biología, el color de piel o el origen familiar. Está en la voluntad colectiva de construir un “nosotros”.

Es el encuentro entre dos formas de entender el mundo: la lógica del Estado-nación de Westfalia y la idea de que cada nación tiene una identidad relativamente definida, asociada a un territorio, una historia y una comunidad. Y por otro, la realidad del siglo XXI, donde millones de personas viven entre fronteras, tienen padres nacidos en distintos países, trabajan en contextos globales y construyen identidades que no caben cómodamente en una sola categoría.

El fútbol se ha convertido en uno de los escenarios más visibles de ese encuentro. Seguimos alentando a países como si fueran unidades claramente delimitadas, pero dentro de la cancha los jugadores son mucho más diversos y plurales.

Pero las naciones no desaparecieron y seguimos emocionándonos con una bandera, un himno o una camiseta. Y es que ahí está el desafío. En cómo ser capaces de ampliar los límites de la pertenencia sin perder la cohesión que nos define; cómo construir cohesión sin exigir uniformidad y defender valores compartidos. Lo que no debería pasar es convertir la diferencia en sospecha o en una barrera para el reconocimiento.

Si en 1916 algunos no podían aceptar que Gradín representara a Uruguay y si en 1998 algunos no podían aceptar que Zidane representara a Francia, la pregunta ya no es qué tienen en común esos futbolistas. Es qué tienen en común quienes los cuestionan.

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