El resultado es una cuadratura de círculo. A Alberto Núñez Feijóo, retener el apoyo de Vox para lograr la investidura le restaría los imprescindibles votos de partidos regionales que, como la Coalición Canaria, no están dispuestos a integrar una alianza gubernamental que incluya a los ultraderechistas liderados por Santiago Abascal.
A su vez, si Pedro Sánchez decide dejar de lado la tradición política de permitir la investidura del candidato más votado y procura mantenerse en la Moncloa con al apoyo de partidos regionales, tendrá que pagar precios altísimos que dañarán su imagen.
Necesitará el apoyo de partidos como Bildu, que desciende del Herri Batasuna, brazo político de ETA; Esquerra Republicana, que a cambio le exigiría otro referéndum sobre la independencia de Cataluña, y también necesitaría los votos de Junts, que le exigiría, además de la posibilidad de secesión, el indulto a Carles Puidgemont para que pueda regresar a España sin ser encarcelado.
Al líder del PP sumar un apoyo del que no puede prescindir le hace perder otros apoyos también imprescindibles para lograr la investidura. Y al líder del PSOE, pagar lo que le pidan los separatistas vascos y catalanes para que lo ayuden a seguir en la Moncloa, le hará perder respeto en el resto de España.
La complicación para formar gobierno es consecuencia del paradojal resultado de la elección del domingo. El PP ganó, pero no pudo cantar victoria, porque si bien el PSOE quedó segundo, la aritmética planteada en las urnas podría permitirle formar gobierno y mantener a Pedro Sánchez en el poder.
El PP fue la fuerza más votada, pero no alcanzó la mayoría absoluta y el partido de ultraderecha VOX, que podría haberle proporcionado esos escaños, se desplomó 19 puntos y, sumando las bancas que pudo retener, no alcanza para que Núñez Feijóo tenga la investidura asegurada.
La izquierda aliada de Pedro Sánchez, que es la coalición Sumar, liderada por Yolanda Díaz, también perdió varios de los escaños que tenía Unidas Podemos (UP), pero en la larga estela de partidos regionales están las bancas que le permitirían al PSOE encabezar el próximo gobierno.
Por eso hubo cuatro escenas reveladoras de la paradoja planteada. Santiago Abascal canalizó su mal resultado atacando al PP. En cambio Yolanda Díaz, a pesar de que Sumar quedó por detrás de Vox y retrocedió varios escaños, habló en tono triunfal. ¿Qué festejaba? un resultado que deja puerta abierta a la continuidad de la coalición que lidera Sánchez y la incluye.
Es posible que Sánchez sea más mezquino con Sumar a la hora de repartir cargos, ya que la coalición que armó Yolanda Díaz quedó con menos bancas que el ya extinguido Unidas Podemos. Esos siete escaños menos del conglomerado izquierdista que lidera Yolanda Díaz, le permitirían a Sánchez encabezar un gobierno con más poder (ministerios y vicepresidencias) para el PSOE y menos para su debilitado aliado en la coalición. Otra paradoja del complejo tablero político que quedó planteado en las urnas.
Por eso Sánchez apareció en el balcón de su sede partidaria más exultante que Núñez Feijóo, a pesar de haber quedado segundo.
Ganar sólo dos escaños, cuando cabía esperar un derrumbe después de la fuerte derrota del PSOE en los comicios regionales de mayo, explica parte de esa euforia que mostraba Sánchez. La otra parte se debe a que el tablero parlamentario podría permitirle mantenerse al frente del gobierno.
Por el hecho de que el PSOE quedó segundo, siendo superado por el PP, en su discurso triunfalista Pedro Sánchez no habló de partidos, sino de bloques: el bloque de la evolución y el bloque de la involución, que vendría a ser la derecha representada en la suma de PP y Vox.
La cuarta escena paradojal fue el discurso de Núñez Feijóo en su sede partidaria. Levantaba los brazos y repetía que el PP ganó la elección, pero a su lado Isabel Díaz Ayuso le degradaba el festejo con una mirada devaluatoria.
Las frases victoriosas fueron la espuma en un discurso en el que la sustancia fue decirle a Sánchez que en la democracia española la tradición es permitir la investidura del candidato más votado, como ocurrió con Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar, José Luís Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy y el mismísimo Sánchez.
El PP reclama al PSOE no bloquearle la investidura, pero el PSOE saca cálculos para decidir si indulta a Puidgemont para obtener los siete votos del separatista Junts y si se casa con HE Bildu aunque esté manchada por la sangre que hizo correr la ETA.
En rigor, en lugar de abrazarse a Vox, en el caso del PP, y a los separatismos más oscuros, en el caso del PSOE, las dos fuerzas del centro político debieran mirarse entre sí.
Las coaliciones entre archiadversarios es la opción que toman los buenos estadistas en situaciones extremas. En el Reino Unido lo hizo Lloyd George durante la Primera Guerra Mundial y en los años ’30 para enfrentar la Gran Depresión, mientras que Churchill cogobernó con los laboristas de Clement Attlee para enfrentar a Hitler. Y Angela Merkel pactó una Gran Coalición con Gerhard Schroeder y cogobernó con los socialdemócratas para evitar que la extrema derecha de AFD y la izquierda marxista de Die Linke lleguen al poder.
Quizá eso deberían plantearse la centroderecha y la centroizquierda de España, en lugar de coquetear con los extremos.