Cuando durante la dictadura la calle Convención pasó a llamarse Lorenzo Latorre en homenaje al dictador militar del siglo XIX, se armó un soterrado escándalo. Soterrado, porque no había libertad para protestar.
Algunos aducían, tímidamente, que Montevideo tenía la mala costumbre de cambiar permanentemente el nombre a las calles. Se decía, por ejemplo, que si bien Batlle y Ordóñez merecía un gran bulevar, se eliminaba el nombre de un viejo camino trazado sobre una línea que marcaba una delimitación colonial de Montevideo: la línea del propios. Estaba tan arraigado ese nombre que hasta hoy la gente le sigue diciendo Propios.
Se fue la dictadura y Convención volvió a llamarse Convención pero la manía de cambiar nombres siguió. Calles de resonancias guaraníes como Ibicuy, desaparecieron. El nuevo homenajeado merecía una calle, ¿pero qué otra ciudad del mundo podía jactarse de tener una con una designación tan melodiosa?
La intendenta ahora propone cambios y sin duda la gente que ella quiere reconocer lo vale. Sin embargo, una de las calles que se modifica, Gaboto por poner un ejemplo, se vincula no a un personaje de la historia sino al lugar donde desde hace años habita y trabaja mucha gente. Así se llaman esas cuadras que forman parte de la pequeña historia de sus vecinos, no de la gran historia. Por eso, la gente se rehusa a adoptar los cambios. No se identifica con ellos.
La atávica costumbre de cambiar los nombres a las calles es solo una de tantas cosas mal hechas desde siempre en la ciudad.
Otra es el deliberado desorden en la planificación urbana.
Si alguien quiere saber cuantas veces se modificó el retiro de una avenida, basta recorrer Rivera entre Soca y Bulevar Artigas. Según en que año se construyó una casa o un edificio, será el espacio que hay entre la calzada y la puerta de entrada. Las variaciones son de todo tipo. Un mamarracho.
Esto también ocurre con las alturas. Edificios de 10 pisos pegados a otros de cinco pisos. En realidad, tanto da si son altos o bajos, el problema es que al no atenerse a un único criterio quedan expuestos varios metros de blanca pared lindera. Otro mamarracho. Hay edificios que parecen diseñados por arquitectos que nunca vieron el terreno donde sería levantado.
Al leer la prensa de otros países uno descubre que en ciertos lugares se manda demoler lo que se hizo mal. Hace un par de años, en la ciudad de México se descubrió que un edificio de gran altura tenía irregularidades en sus permisos y ocupaba espacios no habilitados. Fue demolido. O sea, si alguien metió la pata, el edificio cae.
Si esto se aplicara en Montevideo, las empresas demoledoras se harían muy ricas y no tendrían tiempo para tirar abajo construcciones que sí deben ser mantenidas.
Frente a la plaza Suárez por la avenida Agraciada, se levantaron edificios que no respetan el retiro y afectaron lo que podría haber sido una fila de fachadas armoniosas frente a una plaza muy linda.
Hay cosas peores. El retiro previsto para Constituyente ha sido meticulosamente respetado, hasta hace poco. Entre la calle Jackson y Carlos Roxlo, ese retiro va de un lado y hay varios edificios nuevos, algunos aún en obra, que lo respetan. De Roxlo hasta el Gaucho, va del otro lado, como lo muestra la llamada Torre del Gaucho. En las esquinas con Vázquez y con Tacuarembó se hicieron edificios que también cumplieron la norma.
Sin embargo, a mitad de la cuadra, se está terminando un edificio y empezando otro que al contrario de lo que pasa a lo largo de todo Constituyente, se burlaron del retiro. Alguien les dio el permiso, pero tanto los arquitectos que lo otorgaron como los que diseñaron los planos, saben que no correspondía violar esa pauta.
¿Qué debe hacerse? Lo de México. Demolerlos y cuanto antes mejor. Dejaron en falsa escuadra a los edificios de cada esquina y quedarán expuestas para siempre sus horribles paredes linderas. Se impedirá que algún día la avenida se ensanche o, en su defecto, se diseñen mejores aceras. En otras palabras, alguien metió la pata.
Por eso deben ser demolidos.
Otra edificación en similar situación y que es un papelón, es un centro cultural a medio hacer desde hace años en avenida Brasil. Un esperpento que no respetó ni la altura ni el retiro de la zona. Es un monstruo de hormigón metido como una cuña en una avenida que intenta cuidar una cierta armonía.
Lo grave es que entre los miembros de la comisión que promovió ese centro cultural, hay un arquitecto reconocido que fue dos veces intendente de Montevideo. El sí sabe como son las cosas y debió haberlo evitado.
Se habla de juntar plata para terminar la obra. Obra que los vecinos detestan. Hace un tiempo muchos, incluso colegas columnistas, hemos sostenido que el dinero debe juntarse, sí, pero para derribarlo.
Mientras no se establezcan normas estables y sensatas para ser cumplidas a rajatabla, seguirán apareciendo estas monstruosidades que afean aún más a Montevideo. Por ahora, su demolición sigue siendo la solución. Y no lo digo con tono fundamentalista. Es lo razonable a hacer.