Berlín, paredón y después

Disculpas por la ausencia. Pero un viaje a Alemania invitado a un congreso de periodismo fue ocasión propicia para huir unos días de la agenda local. Y viendo que, cuando nos intentamos conectar la noticia tope era una Carolina Cosse en full modo Grecia Colmenares a impostada lágrima batiente, el estímulo no era a seguir profundizando mucho.

Pero, una primera vez en un país impactante como Alemania genera campo fértil para reflexiones que pueden llegar a ser más ricas que temas como las desventuras de la ex del Chengue Morales, o la conmoción por el mono “tití” de Villa Española. Aunque lo del mono se las trae...

Un primer shock cultural al llegar a Alemania es la migración. “Chocolate por la noticia” dirá el lector informado. Pero, más allá de prevenciones, el impacto de ver la proporción del tema en Alemania es muy fuerte. Por ejemplo, al bajarse de la estación de tren de Bonn, uno bien podría pensar que está en Kabul. Un dato concreto: de 20 personas en un lugar de comidas rápidas, al menos 4 vestían burka. Con guantes y todo, pese a los 35 grados del termómetro.

La apertura del pueblo alemán ante este fenómeno es encomiable. Pero, alcanza con rozar el tema con algún taxista (siempre reservorio confiable de los instintos más reaccionarios de cualquier sociedad), para percibir que bajo la calma anida una tempestad. Y, si no, basta ver lo que está pasando en Francia. Por lo pronto, corrimos a comprar el “Sumisión” de Houellebecq, libro recomendado por varios amigos europeos para entender el asunto.

Pero este intercambio con colegas, ratificó también dos cosas importantes. Primero, lo privilegiados que somos en Uruguay quienes ejercemos este trabajo. Charlar con periodistas de lugares como El Salvador, Hungría, Kosovo, Irak o Mianmar, muestra que los Reporteros Sin Fronteras, (y sobre todo sus agentes locales) viven en una burbuja, o tienen muy mala fe.

También el otro extremo. Así como en EE.UU. los medios están desnudos ante los valles, pero también los picos del mercado, en Europa, y varios países de Asia y América, los medios tradicionales cuentan con niveles de apoyo estatal tremendos. Y la valorización de su rol por el sistema político y académico está por el cielo. Uruguay, el peor de los dos mundos.

Tras Bonn, vino Berlin, una ciudad marcada por los dos totalitarismos que desangraron el siglo XX. Pero, hay una diferencia. Tal vez por las películas, libros, influencia mediática... las marcas del nazismo están como más asumidas. Lo que más impactó, a este autor al menos, fue el rastro macabro del experimento comunista. No es sólo el muro, o lo que queda de él. Toda la ciudad está atravesada por señales de la represión y asfixia que implicó la vieja RDA para los alemanes.

Hay un museo pequeño, cerca del “Check Point Charly”, donde se ven las formas insólitas en que los alemanes del este intentaban huir de la cárcel socialista. Incluso tiraban a sus hijos con arneses improvisados, perdiéndolos para siempre, con tal de darles otra vida. Toda similitud con Cuba o Venezuela es pura coincidencia, seguro. El estado uruguayo podría pagar un tour a Berlin a cada legislador electo por el Partido Comunista, que sería una gran inversión para el país.

Un detalle, en ese museo se muestran pósters de la era RDA, y hay uno en el que un obrero alemán propina una cachetada a un “Tío Sam” que viene seductor con una bandeja que dice “Marshallplan”, y le grita “Yankees go home”. Imagínese si le hubieran hecho caso...

Berlin tiene otra característica. Por su rápida transformación fue durante años una ciudad sin ley. “Okupas”, artistas, gente desacoplada con el cambio drástico al capitalismo dejaron una huella ostentosa. Aunque hoy eso parece un poco artificial, sigue habiendo un aire medio anárquico y contracultural. Sin embargo, y pese a la reciente migración siria y ucraniana, hay proporcionalmente menos gente viviendo en la calle que en Montevideo. Y mucho menos basura, por supuesto.

Alemania es un país de enormes contrastes. En Frankfurt, alcanza caminar dos cuadras para pasar de una opulencia que ni en Laguna Beach, a creer que se está en Karachi. Mujeres vestidas con la rigurosa hijab estilo somalí, junto a dos señores de frondoso bigote enfrascados en besos apasionados, unos Audis que consumen más combustible que la Central Batlle, llegando a una conferencia donde se niegan a prender el aire acodicionado para cuidar el ambiente.

Pero, como uruguayo, es difícil no pensar cómo ese pueblo pudo superar el impacto de dos guerras, una partición, los estragos del comunismo, y la migración acelerada, pero la gente prospera y sonríe por la calle... Acá, que somos 4 gatos locos privilegiados, tenemos 200 mil personas en cantegriles, el golpe de hace medio siglo sigue siendo “historia reciente”, y si mirás a alguien medio de costado en la calle... terminás a las piñas.

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