Antonio Mercader
Antonio Mercader

La vuelta a los debates en TV

Un cuarto de siglo sin debates entre candidatos presidenciales desnudan a Uruguay como un país de políticos pacatos y demasiado cautelosos.

Felizmente esa racha se va a quebrar ya que la mayoría de los presidenciables en la próxima campaña electoral se muestran partidarios de retomar los debates. Por si fuera poco ya está en el Parlamento un proyecto de ley para tornarlos obligatorios, aunque cabe dudar si será necesario darles ese sesgo.

Nadie reclama entre nosotros un sistema como el de Estados Unidos en donde sólo en las internas partidarias los aspirantes ya debatieron una docena de veces. Pero el mínimo decoroso a exigir sería que los finalistas en un probable balotaje alguna vez cotejaran sus ideas a cara descubierta. Más aun si, como se presume, en 2019 todo indica que tendremos segunda vuelta en la cual competirán dos finalistas.

Es que el ciudadano siente que tiene derecho a asistir a esta suerte de duelo dialéctico que la televisión, fiel a sus características, suele presentar como una contienda de imágenes. El ejemplo de lo que sucede en otras latitudes y la tendencia a convertir la pulseada electoral en una pugna entre personalidades antes que en un balance entre partidos y programas, debieran persuadir a nuestros presidenciables sobre las bondades de carearse en público. El hecho de que el último debate estelar el de Sanguinetti y Vázquez - date de 1994, retumba como un llamado de atención para nuestros políticos quienes, a todas luces, en este terreno se pasan de discretos.

Es cierto que cuando un candidato lleva una cómoda ventaja en las encuestas debatir es arriesgar de modo innecesario. También es cierto que, por no debatir, puede perderse una elección. Aunque un aserto de este tipo suene exagerado, hay momentos en que la gente necesita confirmar las virtudes de un candidato librado a sus propias fuerzas, que debe sortear el acoso de su rival sin asesores ni papelitos salvadores. Es allí que la TV muestra su altísima capacidad de exponer ante la gente los gestos más reveladores de la real contextura del candidato.

Los gestos —porque en TV, nos guste o no, pesan más las imágenes que las palabras— tienen su historia en los debates uruguayos. Para empezar, en el más importante de nuestra historia política, el que encaró a Pons y Tarigo con Bolentini y Viana, previo al plebiscito de 1980. Allí pesaron, como no, los sólidos argumentos de Tarigo, pero por encima de ellos, lo que gravitó ante el público fue aquel gesto de desdén que Eduardo Pons Echeverry le prodigó al hasta entonces temible coronel Bolentini. Fue la primera vez en siete años que un civil señalaba con aire de reproche y dedo acusador a un militar... ¡sin que pasara nada! Esa imagen tuvo el valor de mil palabras y decenas de miles de votos en contra de la Constitución pro-militar entonces plebiscitada.

Más cerca en el tiempo, en 1989, el duelo verbal televisado entre Lacalle y Batlle —del que, contra todos los pronósticos, salió ganador el primero— es otro ejemplo de que los debates sirven para seducir al electorado independiente. Por su carácter de espectáculo, tan propio de la TV —sus detractores hablan de "circo"—, estos cotejos conquistan grandes audiencias, ésas que optarían por hacer zapping antes que soportar otro discurso de un político, pero que en estos casos se dejan vencer por la curiosidad. Ese es otro de los atributos de este instrumento de las campañas políticas que ya va siendo hora de reinstalar entre nosotros.

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