Uruguay tiene un serio problema. Bueno, tiene muchos, es verdad. Pero este que le queremos mencionar es tal vez el origen de varios de los demás. Pero para llegar allí, le pedimos que nos acompañe en el razonamiento.
Hace unos días, los medios estallaban de indignación ante la denuncia de que en Malvín Norte una “brigada antipasta” saldría a golpear con bates de béisbol a vulnerables consumidores de pasta base. La noticia generó ríos de tinta y solidaridad.
Las investigaciones policiales no han podido confirmar nada. Y, si nos pregunta, no creemos que llegue a confirmar nunca. No porque seamos tan crueles de no creer al denunciante, o a las confiables fuentes amantes del alcaloide. Pero hay dos cosas que hacen improbable la denuncia. Primero, el uso de bates de béisbol. Con la prevalencia de este elemento deportivo en los hogares uruguayos, solamente alguien de una estupidez antifuncional lo usaría para salir a fajar gente. Lo que si, calza demasiado bien con la imagen de la némesis fascista y hasta proyanki que habita en la mente del progre bienpensante promedio.
Por otro lado, no parece que haya en la sociedad uruguaya ese sentimiento de odio al pastabásico callejero. Por suerte, es aún muy hegemónica en el país la idea de que el tipo que está en la calle es alguien a quien la vida le entregó las peores cartas, y que merece nuestro apoyo y solidaridad. Hace dos años hubo una denuncia igualita, con bates y todo, que fue falsa. Y se hizo un escándalo porque algún yuppie a lo “American Psycho” habría prendido fuego a un cuidacoche en Ciudad Vieja, pero resultó ser un ajuste de cuentas por drogas.
Pero, este clima armonioso, no va a durar para siempre si no hacemos algo. Esto tal vez suene raro para quienes no viven en Montevideo, pero las zonas céntricas (y no tanto) de la capital se han vuelto un terreno de convivencia muy tóxica entre vecinos regulares, y adictos que subsisten mangando y durmiendo bajo los pretiles de las casas.
Es una realidad que no ve el que no quiere. ¿Hasta cuándo se piensa que puede durar la buena onda de le gente que llega tarde y cansada de laburar, y se encuentra a un flaco que te exige plata como si fueras un cajero automático? Que sabe tus movimientos, los de tu familia. Que te regala sus aromáticas deposiciones físicas en el árbol de la puerta, y luego procede a vaciar el contenedor de basura dejando la cuadra como un chiquero. ¿Alguien cree que esa convivencia es “sustentable”, para usar un término en boga?
Pues hay gente que piensa que sí. Eso quedó claro luego de que la semana pasada pusimos en Twitter una foto de un contenedor cerca de la Plaza Varela, vaciado sistemáticamente por alguno de estos “vecinos” informales. ¡Para qué! Al parecer, el hecho de hacer eso lo convierte de inmediato a uno en un ahijado de Mussolini.
Acá está, finalmente, el gran problema que mencionábamos. Parece existir en la sociedad uruguaya gente tan pagada de sí misma, de su sensibilidad impostada, que piensa no sólo que esto es “normal”, sino que es un pecado siquiera comentarlo. Que como se fuman un finito “del Pepe” y le tiran un 20 al fisurado de la esquina pueden dar cátedra de drogas, de salud mental, de empatía.
Acá empezamos a caminar la filosa línea de la cancelación, pero si vamos a ser sinceros, no nos merece demasiada solidaridad el pastabasero barrial. Porque hay un contenido nada menor de decisión personal en su situación. Sobre todo cuando la comparamos con otras.
Por ejemplo, en la esquina del diario, San José y Michelini, hay una señora que tendrá 30 años, que hace un par de meses se instaló a vender tortas fritas. Y está allí amasando y friendo todos los días, llueva, truene, haya 25 o -5 grados, con disculpas por el léxico, “metiendo huevos”.
Eso mientras a su alrededor hay siempre 4 o 5 malandros extorsionando a cada peatón para ir corriendo a comprar pasta a la boca de la esquina. Invirtiendo cada día en subsidiar criminales mucho más que lo que invirtió esa humilde mujer para armar su emprendimiento. Esas cosas sí que derriban la idea de “meritocracia”.
Desde ya que no estamos defendiendo encerrar a nadie, ni violencia, ni nada. Pero lo que genera esto es lo que ya está pasando: muchos (los que pueden) emigren a barrios cerrados, a apartamentos con seguridad, y en cualquier momento veremos aparecer alguna forma de serenazgo, como hay, deprimentemente, en muchas capitales de América.
Pero lo más grave: el peso sancionatorio social que tienen estos nichos de hipócritas hace que ningún político se anime a meterse con el tema. Como pasa con demasiados asuntos en el Uruguay de hoy, esto genera una parálisis, que sólo agravará las cosas. Hasta que las denuncias que algunos fogonean hoy se conviertan en una profecía autocumplida.